martes, 26 de mayo de 2015

A un mes del terremoto en Nepal, así lo viví.

El campamento dos del Everest en el lado de Nepal se encuentra a 6,350 metros de altura, cerca de la base de la pared el Lhotse. Esa mañana del 25 de Abril desperté a las 2am para escalar dese el campamento base hasta el campamento dos, pasando por la famosa cascada de hielo del Khumbu. Era un día nublado, pero se alcanzaban a ver partes de las paredes nevadas del Nuptse, Lhotse, Everest y West Shoulder. A pesar de que algunos días antes había conseguido llegar a la cima del pico Lobuche Este a 6,100 metros de altura, sentía la falta de oxígeno y recordaba que a penas me encontraba en la primera mitad de la expedición al Everest que normalmente dura dos meses y que aún me esperaba aún un proceso largo de aclimatación.

Alrededor de medio día, estaba descansando entre las tiendas de campaña cuando se sintió un fuerte movimiento en el hielo sobre el que se encuentra el campamento, seguido inmediatamente del sonido de una inmensa avalancha sobre el Nuptse. Basándome en mi experiencia de 22 años, primero pensé que el movimiento del suelo se debía a las toneladas de hielo que iban cayendo y sacudiendo el glaciar. Pero segundos después, el suelo comenzó a moverse de una manera verdaderamente violenta y a nuestro alrededor comenzaron a detonarse múltiples avalanchas de todas las montañas. Nunca me hubiera imaginado que justo en ese momento miles de personas perderían la vida y que cientos de miles se quedarían sin hogar. Una de las tragedias más grandes en a historia del pueblo de Nepal había comenzado.
El campamento dos del Everest el día del terremoto

* * * * * *

Como todas las expediciones a los Himalaya, para mi la aventura comienza meses antes con la planeación de la logística, los permisos y el entrenamiento físico. He tenido la fortuna de estar parado en la cima del Everest en cinco ocasiones y esta vez tenía el proyecto de intentar subir a la cima de la montaña más alta del mundo sin usar oxígeno suplementario. Para esto, realicé un intenso entrenamiento por el que terminé corriendo dos maratones en un mes y durmiendo durante tres meses dentro de una tienda de campaña con concentraciones más bajas de oxígeno, simulando como si estuviera durmiendo a unos 6,000 metros de altura.

Volé a Katmandú a principios de Abril y la primera complicación fue que no llegó ninguna de mis tres maletas. A los pocos días apareció la primera que afortunadamente tenía las cosas más importantes de mi equipo de escalar como botas, sleeping bag, traje de pluma, etc. Las otras dos maletas tardaron casi tres semanas en aparecer y las volví a ver hasta que fueron enviadas al campamento base. Quería darme las mayores probabilidades de lograr el  ascenso, por lo que tuve que comprar lo esencial de mi equipo de escalar faltante y mucho de eso lo terminé donando a los sherpas cuando aparecieron todas las maletas.

Como parte de la aclimatación tenía planeado realizar el ascenso a dos picos antes de dirigirme al Everest. El primero de ellos, Pachermo, tenía una cantidad inusual de nieve para esta época de primavera y por seguridad decidí no intentar escalarlo. El segundo, el pico Lobuche Este, lo subí en solitario el 22 de Abril y me sentí fuerte, listo para pasar a mi objetivo principal de esa temporada.

En la cima del Pico Lobuche Este

Los días que pasé en el Campamento Base del Everest a 5,300 m de altura, antes y después de escalar el Lobuche, tenía la costumbre de recorrer todo el campamento caminado antes de la hora de la comida. Durante la temporada de primavera el campamento parece una pequeña ciudad sobre el glaciar del Khumbu hecha de tiendas de campaña donde se ven banderas de decenas de países que vuelan entre las banderas de oración budistas que colocan los sherpas. Al estar sobre un glaciar, es difícil encontrar espacios planos donde instalar las tiendas de campaña y es por eso que el campamento se extiende a través de una zona bastante larga. Es común escuchar avalanchas asiladas, pequeñas y no tan pequeñas, que caen de las montañas a nuestro alrededor, pero nunca me hubiera imaginado que una de ellas podría tener un tamaño grande como para llegar hasta el campamento base. Nunca me había sentido inseguro estando ahí. El 25 de Abril en la madrugada dejé el campamento base para escalar la cascada de hielo y empezar mi aclimatación en el Everest.

Campamento Base del Everest

* * * * * *

Por el movimiento violento del glaciar en el campamento dos, y al ver que eran muchas las avalanchas que caían simultáneamente, me di cuenta que estábamos pasando por un terremoto excepcionalmente fuerte. Escuchaba cómo tronaba el hielo bajo nosotros y durante un instante pensé que era una verdadera posibilidad el que se abriera una grieta bajo nosotros y que pudiéramos quedar atrapados dentro de ella. Afortunadamente, la ubicación del campamento dos permitió que las avalanchas, las rocas y los grandes bloques de hielo que se desplomaban cayeran hacia los lados y nos salvamos de ser arrasados. El hielo dejó de moverse y de pronto todo fue silencio.

A través del radio me comuniqué al campamento base con el doctor Nima Sherpa para avisarle que estábamos a salvo y supimos que algo grave había pasado en el campamento base pero sin tener detalles. Aunque poco a poco nos fuimos enterando del número de muertos y lesionados en el campamento base, no tuvimos mucha información de lo que realmente había ocurrido sino hasta dos días después.

Nuestro primer problema luego del terremoto fue que, como consecuencia de las avalanchas, varias de las escaleras que se usan para cruzar las enormes grietas entre el campamento dos y el uno habían desaparecido. Varios montañistas no podían descender al campamento uno donde estaba su equipo para pasar la noche. En nuestra tienda de campaña comedor tuvimos que improvisar un refugio para seis personas, consiguiéndoles sleeping bags y colchones para protegerse del frío.

Durante el 25 y 26 de Abril tuvimos juntas en el campamento dos entre los líderes de las expediciones y nos enteramos de que también la ruta para regresar al campamento base se encontraba en muy malas condiciones y era imposible descender por ella en esas circunstancias. El 27 de Abril por la madrugada, al ver que podría tardar hasta semanas el reabrir la ruta para descender, se decidió evacuar a todos los montañistas a través de helicópteros. 170 personas fuimos evacuadas de entre el campamento uno y dos.

Destrucción en el campamento base
Nada me hubiera preparado para la magnitud de la destrucción que me encontré en el campamento base. La zona donde se encontraba mi tienda de campaña había sobrevivido sin daños, pero la parte central, de unos 300 metros, había sido completamente destrozada. El hielo que cayó de la montaña, había arrasado por completo con todo a su paso. Se me figuraba como si hubieran puesto todas las tiendas de campaña y su contenido dentro de una licuadora gigante y después hubieran regado los restos por todos lados. Tengo entendido de que ahí murieron 19 personas y 65 lesionados. Nuestra tienda de campaña comedor fue convertida en un hospital improvisado donde el doctor Nima atendió a varios heridos. Aún habían cadáveres que posteriormente fueron transportados por helicópteros ya que obviamente se daba prioridad a la evacuación de los lesionados. Era un panorama verdaderamente triste.

Un cuerpo siendo evacuado del campamento base

Ya en el campamento base, tuvimos más noticias del tamaño de la tragedia en toda la región central de Nepal. Se hablaba de miles de muertos y de la destrucción de la mayoría de las casas y edificios en varias zonas del país. Una vez que fue evidente que sería muy difícil continuar con el ascenso al Everest y que había mucho por hacer por los damnificados, tomé la decisión de posponer mi proyecto de escalar para el próximo año y dedicarme a apoyar dentro de lo posible en labores de ayuda humanitaria. Así, el 30 de Abril dejé el campamento base, caminando cinco horas hasta Pheriche y al día siguiente, con vuelos en helicóptero, avionetas y aviones, llegué a Katmandú.

Al regresar a Katmandú, la capital de Nepal, me imaginaba un panorama de mucha más devastación. Es cierto que la ciudad estaba prácticamente vacía, con casi todos los comercios cerrados y las calles desiertas. De vez en cuando se veían edificios derrumbados pero eran relativamente pocos. Los edificios más grandes, como centros comerciales y oficinas, parecían haber sufrido mayores daños y seguramente tendrán que ser demolidos. Esa misma tarde del 1 de Mayo me dirigí a la Casa de las Naciones Unidas en donde se estaban coordinando las labores de ayuda humanitaria, atención médica y entrega de alimentos. También ahí se estaba registrando a los voluntarios. En ese momento y en los siguientes días pude ver de primera mano la extraordinaria respuesta que tienen los organismos internacionales ante desastres naturales, con protocolos establecidos y con planes que pueden implementar rápidamente dependiendo del tipo de contingencia. En especial pude ver la extraordinaria actuación de UNICEF y se la Organización Mundial de la Salud, WHO.

El día siguiente tuve la oportunidad de conocer al grupo de búsqueda y rescate GAE-SAR
de Turquía y a REDOG (perros para búsqueda de sobrevivientes) de Suiza quienes ya estaban operando en Nepal tan solo 22 horas después del primer terremoto y lograron rescatar con vida de entre los escombros a varias personas hasta 72 horas después del sismo. Junto con ellos y una escolta militar visité Durbar Square, la plaza principal de Katmandú, que perdió por completo la mayoría de sus principales templos y construcciones, y dejó con daños severos el antiguo palacio real. Parecía una zona de guerra. Mi labor fue tomar cientos de fotografías para documentar el daño ante UNESCO por ser un sitio designado como patrimonio de la humanidad.

Destrucción en Durbar Square

Posteriormente mi labor durante varios días fue la de participar en la entrega de alimentos y lonas en poblaciones alrededor del valle de Katmandú y ahí fue donde realmente vi la magnitud del daño, visitando pueblos aislados en donde prácticamente todas las casas se habían derrumbado y la gente estaba viviendo a la intemperie. Uno de los grandes problemas que enfrentará el pueblo de Nepal en los siguientes meses es que ya está iniciando la temporada del monzón que durante el verano trae intensas lluvias. Sin casas ni refugios, la gente comenzará a enfermarse y pienso que podrían generarse epidemias, a demás de que los deslaves dejarán incomunicadas cientos de poblaciones. Es por eso que es una prioridad la entrega de lonas para que la gente pueda tener un refugio durante el monzón y en Agosto o Septiembre, puedan iniciar con la reconstrucción de sus viviendas.

Niños de una población donde entregamos alimentos

Dos semanas después del terremoto, cuando consideré que estaba dejando de ser útil y que eran más los recursos que estaba utilizando que la ayuda que estaba brindando, decidí iniciar mi regreso a México.

De esta experiencia me llevo muchas cosas, muchas buenas y algunas malas. Entre las malas, el ver la actuación de un gobierno abusivo e incompetente que hasta en momentos críticos actuó bajo intereses políticos incluso llegando a tratar de bloquear las labores de las organizaciones internacionales. Otro aspecto que vi con tristeza es que ciertas personas, tal vez sin tener ningún mérito personal, aprovechan estas tragedias para aparecer ante los medios de comunicación simplemente por encontrarse en el lugar del desastre. Pero son muchas más las cosas positivas, como la satisfacción de haber podido ayudar durante momentos difíciles para un país del que he recibido mucho en más de una década. También me queda la grata realidad de la solidaridad de la comunidad internacional en casos de desastres naturales y el ver que se pueden hacer cosas constructivas de forma muy rápida cuando se tiene la voluntad. Me llevo el recuerdo de la gente de Nepal que, a pesar de vivir en uno de los países más pobres del mundo y de haber perdido sus bienes materiales, tienen un espíritu de perseverancia admirable que los hace sobreponerse a todo.


Espero tener la oportunidad de regresar el próximo año a Nepal para concluir mi proyecto. Mientras tanto, hay otras montañas por escalar, otros cielos por volar y otros mares por navegar.

Antes de iniciar el regreso a México, cansado pero satisfecho.

viernes, 27 de marzo de 2015

Todo depende de la actitud: Maratón de Tokio y maratón de Roma.

Hay veces en las que todo va de acuerdo a lo planeado y otras en las que parece que nada funciona como debería, surgiendo un contratiempo tras otro. A pesar de todo, el resultado puede ser inesperado y hoy más que nunca me queda claro que todo de pende de la actitud con la que enfrento los retos. Esta historia de dos maratones es un ejemplo de ello.

Hace meses decidí participar en dos maratones como parte de mi entrenamiento. El primer reto sería el de Tokio, el 22 de Febrero, seguido del maratón de Roma 28 días después, el 22 de Marzo. Aquí vale la pena hacer la aclaración de que un maratón mide una distancia estándar de 42.195 km aunque muchas personas usen el término maratón como sinónimo de “carrera” sin importar la distancia. Tanto Tokio como Roma son maratones con la distancia certificada.

Durante tres años había intentado conseguir una inscripción para el maratón de Tokio sin haber sido seleccionado en el sorteo para asignar números. Pero finalmente en Mayo de 2014, nueve meses antes de la competencia, logré asegurar mi inscripción para la edición de 2015. Inicié el entrenamiento en Diciembre. A pesar de estar corriendo y participando regularmente en carreras desde que tenía 15 años, en esta ocasión tuve que empezar el entrenamiento prácticamente desde cero debido a que el accidente que tuve en Noviembre en los Himalaya dañó gravemente el músculo de mi muslo derecho. Me apegué a mi programa de entrenamiento y superé la tentación de aflojar el paso durante las fiestas de Diciembre. Realizaba mis carreras largas semanales con toda regularidad e incluso, cuando el clima no lo permitía, llegué a correr 24 km en una caminadora.
 
Recogiendo mi número
Días antes del maratón en Tokio, viajé hasta Japón y con toda la calma tuve oportunidad de adaptarme un poco a las horas de diferencia con América, visitar la expo para recoger mi número, preparar mis cosas para correr y dormir bien la noche anterior a la competencia.

El 22 de Febrero, el día de la carrera, me desperté con tiempo para desayunar y caminar con calma al corral de arranque. El clima era ideal, unos 8 grados centígrados y casi nada de viento. La primera mitad de la competencia la hice a un ritmo conservador, disfrutando la ciudad y a los más de un millón de espectadores que nos animaban. Cruzando los 21km apreté el paso, cerrando fuerte y llegué a la meta en 3:41:31, y rompiendo mi mejor marca anterior en maratón de Dublín por 14 segundos.
 
Kabukiza
De las cuatro semanas que tenía antes del maratón de Roma tomé la primera para recuperarme, enfocándome principalmente a la bicicleta estática y corriendo como máximo 8 km. Después me dediqué a hacer entrenamientos de velocidad y tenía planeado hacer una carrera larga de 28 km pero por compromisos de trabajo tan solo pude hacer un entrenamiento “largo” a paso rápido de 14 km.

El viaje a Roma parecía que iba a ser algo sencillo pero terminó siendo una pesadilla. El plan era volar a Frankfurt, en Alemania en la madrugada del viernes 20 de Marzo para hacer una conexión corta al aeropuerto de Fiumicino en Roma. Ese mismo día tenía pensado recoger mi número en la expo del maratón. La primera señal de que no todo estaba bien era que a los agentes en el mostrador en Estados Unidos el sistema no les dejaba imprimir mi pase de abordar de Frankfurt a Roma y me sugirieron que lo solicitara a mi llegada. Pero al bajar del avión, ya en Alemania, nos informaron que había una huelga de pilotos de Lufthansa y que habían cancelado la mayoría de los vuelos.

Para resumir una muy larga historia, sin poder volar a ningún destino en Italia, tuve que pedir que me cambiaran de ruta para volar a Ginebra, en Suiza. Pero mi maleta se perdió en el camino. Sin equipaje, tomé un tren de Ginebra a Milán pero no habían lugares para los trenes de Milán a Roma sino hasta la tarde del sábado. Me vi forzado a rentar un coche y manejar siete horas. Llegué al hotel en la madrugada del sábado tras 30 horas de viaje y completamente agotado.

El sábado 21 asistí a la expo para recoger mi número de competidor y para comprar calcetines para correr y shorts ya que mi maleta con toda la ropa y equipo de correr seguía extraviada. Todo corredor sabe que no es recomendable estrenar nada el día de una competencia para evitar lesiones, ampollas, rozaduras, etc. Esta vez no tenía opción.








Finalmente llegó el día del maratón de Roma pero el clima tampoco sería favorable. Llovía ligera pero constantemente. Cuando desperté esa mañana y vi la lluvia lo primero que pensé fue: “¿qué más puede salir mal en este viaje? Ha sido un desastre tras otro”. Cerré los ojos y en ese momento decidí que el calificar algo como un “desastre” dependía completamente de mi actitud y en ese momento decidí que iba a ser la mejor carrera de mi vida y que a pesar de todo lo iba a disfrutar y a realizar mi mejor tiempo, que para eso había entrenado.
Hacia la Basílica de San Pedro

Piazza Navona
Unos minutos después de haber salido del hotel, con la lluvia, mis tenis estaban empapados y pesados. La extraordinaria organización de la carrera y el correr en una ciudad maravillosa como Roma compensó por mucho las incomodidades. Durante todo el recorrido, me asombraba al dar la vuelta en una calle y encontrarme con monumentos espectaculares, plazas gigantes y edificios de cientos de años. Crucé el medio maratón en 1:45:20 y me di cuenta que tenía verdaderas posibilidades de terminar en menos de 3:30:00 si aguantaba el paso. Hice mi mejor esfuerzo pero los últimos dos kilómetros tuve que bajar la intensidad (mi velocidad promedio durante todo el recorrido fue de 12 km/h) y crucé la meta junto al Coliseo en 3:31:30 para un nuevo récord personal.

La gran lección que me llevo es que hoy me queda más claro que nunca que el resultado de cualquier proyecto o reto que me ponga depende en su mayor parte de la actitud con que lo enfrente. Me pregunto si hubiera hecho un viaje a Roma sin vuelos cancelados, sin maletas extraviadas y con un clima más favorable, ¿hubiera roto mi récord anterior por casi 10 minutos y hecho una carrera tan buena? Tal vez no. Las circunstancias fueron las que me llevaron a decidir tomar una actitud triunfadora a pesar de todos los contratiempos.

Llegando a la meta

martes, 17 de febrero de 2015

Tres meses después de mi accidente en los Himalaya

El 16 de Noviembre de 2014, hace prácticamente tres meses, tuve un fuerte accidente al tratar de hacer un despegue en una región remota de los Himalaya en Nepal. Me encontraba en el valle de Rolwaling a unos 5,000 metros de altura acompañado de Tshering Dorjee Sherpa. Estábamos en la ladera de una montaña, cientos de metros sobre una pequeña población y rodeados por enormes picos cubiertos por glaciares.

Lo que recuerdo de este evento es haber preparado mi parapente sobre la ladera, haberme conectado y revisado mi equipo, confirmar que el viento era constante y de una dirección correcta, levantar el parapente, comenzar a correr y… no recuerdo nada más. Algo salió mal y estuve inconsciente alrededor de 10 minutos.


Días antes había volado a Katmandú desde México y tras un par de días finalizando toda la parte burocrática y de permisos, volé junto con Tshering a Lukla. Con él he realizado expediciones al Everest en 2005, Ama Dablam, Island Peak y Lobuche. Desde Lukla, nuestra puerta de entrada a los Himalaya, caminamos varios días a lo largo del valle del Khumbu que en su parte más alta llega a la base del Monte Everest. En Namche tomamos una ruta diferente que nos llevó hacia el Este pasando por Thamo, Thame y Thyangbo. El punto más alto que al alcanzamos fue el paso Tashi Lapcha a 5,755m y empezamos a descender hacia el valle de Rolwaling, que es mucho menos visitado que el Khumbu. Por esta razón es que aún quedan ahí picos oficialmente “vírgenes”, sin ascensos y nuestro objetivo era tratar de escalar el Omi Tso Go, Yalung-ri y Bedding Go. Fue una gran experiencia caminar por los interminables glaciares de Rolwaling durante varios días hasta llegar a una pequeñísima población llamada Na, cerca del medio día del 15 de Noviembre.

Junto con mi equipo llevaba un parapente nuevo, un Alpina 2 de Ozone diseñado para vuelos cross country y hecho de un material muy ligero. La tarde del 15 de Noviembre, tras haber instalado nuestras tiendas de campaña en Na, salí con Tshering a un llano junto a un río para practicar el manejo y control de este nuevo parapente. A demás de tener características muy particulares durante el vuelo, también tiene un desempeño diferente al momento de despegar por ser de un material tan ligero. Por la densidad del aire hay una gran diferencia entre un despegue a nivel del mar y un despegue a más de 5,000 metros de altura. Ahí el aire es la mitad de denso. Durante casi una hora aproveché el buen viento para familiarizarme con el manejo del parapente y satisfecho, empaqué mi equipo.

Recuerdo esa noche como la mejor del viaje, cenando Dal Bhat (arroz con lentejas, el plato tradicional de Nepal) con los porteadores que nos acompañaron durante el camino y que iniciarían en regreso a Namche la madrugada siguiente.

El 16 de Noviembre era nuestro primer día de “descanso” y planeé hacer un vuelo corto en parapente después del desayuno. Cargando la mochila del parapente, caminé junto con Tshering durante casi una hora hasta llegar al punto que había elegido para despegar.


Abrí los ojos con la sensación de haber despertado de un largo sueño. Todo era confusión y no tenía ningún pensamiento claro. Enfrente de mi veía las montañas nevadas y muy lejos y algunas casas de piedra. Estaba recostado sobre mi arnés de vuelo y sentía la cara adormecida. A mi izquierda estaba Tshering tratando de organizar el parapente y las líneas. Le pregunté en inglés “¿Tshering, dónde estamos?” Me contestó: “Na”. El nombre no significaba nada para mi. “¿Qué estamos escalando?” “Escalando no. Volando pero te caíste”. No me hacía sentido lo que me decía. “¿Pero dónde estamos?”. “En Na” y me señalaba hacia las casas. Luego se acercó y empezó a limpiarme la cara que tenía cubierta de sangre. Vi mis lentes completamente destrozados junto a mi y el casco raspado. Una y otra vez le hice las mismas preguntas a Tshering y tras un cuarto de hora comenzaba a comprender que había tenido un accidente al despegar y que había estado inconsciente durante 10 minutos. Yo no tenía ningún recuerdo de eso. Sólo de iniciar a correr para despegar.

Poco a poco empecé a darme cuenta de la magnitud del accidente. Con la cámara del celular vi que tenía dos cortes profundos en la cara. Uno en el párpado inferior del ojo derecho y otro sobre la ceja izquierda. Todo el lado derecho de mi cara estaba raspado fuertemente y las heridas y mi nariz no dejaban de sangrar. Afortunadamente no perdí ningún diente. Tenía un golpe fuerte y una herida en el hombro izquierdo y mi chamarra estaba destrozada en esa zona. En la cara no sentía dolor pero sí me dolía el muslo de la pierna derecha aunque la podía apoyar.

Tshering terminó de guardar el parapente y el arnés en la mochila, se la echó al hombro y comenzamos a caminar muy despacio hacia Na. Hasta entonces me di cuenta de lo afortunado que había sido, ya que había un precipicio de unos 50 metros de altura a menos de diez metros de donde fui a parar. No me quiero imaginar lo que hubiera sucedido de haber tratado de despegar unos metros adelante.

Habremos tardado cerca de una hora en regresar a Na y a nuestras tiendas de campaña. Era alrededor de la 1:30pm. Me consiguió Tshering un espejo y con mi botiquín de primeros auxilios comencé a limpiar mis heridas. El corte del párpado derecho era muy profundo. Mi plan era limpiar las heridas lo mejor posible, cerrarlas con cinta, esperar un par de días en el campamento recuperándome y posteriormente analizar la posibilidad de continuar escalando según lo programado. Pero comencé a sentirme mareado al estar sentado dentro de mi tienda de campaña. Analizando lo que sucedió, el golpe en la cabeza, el haber perdido el conocimiento y estar con mareo a 5,000 metros de altura, me di cuenta que era una mala decisión permanecer aislado en un lugar tan remoto y que sería más conservador regresar a Katmandú lo antes posible y confirmar que no tenía ningún daño mayor en el cráneo o cerebro.

Jiban Ghimire es el dueño de Shangri-la Treks and Expeditions, con él he realizado muchas de las expediciones a los Himalaya y a lo largo de más de diez años hemos llegado a tener una buena amistad. Fue él quien desde Katmandú coordinó que llegara a Na un helicóptero alrededor de las 4:00pm. La alternativa hubiera sido caminar durante varios días por el valle de Rolwaling hasta donde los caminos de terracería permiten la entrada de vehículos 4 x 4.

Una vez aterrizados en Katmandú nos dirigimos al hospital Norvic donde me recibieron de inmediato en la sala de urgencias. Este hospital es de lo mejor de Nepal pero incluso ser atendido ahí se siente como toda una aventura. En la camilla junto a la mía había un niño  que se había caído de un tercer piso, su cuerpo estaba destrozado y no paraba de gritar. Confieso que fue uno de esos momentos extraños en los que se llega a sentir gratitud al compararse con la desdicha de los demás. Tras una evaluación general, me mandaron a sacar una tomografía y una radiografía de tórax. Me sacaron sangre y la mandaron al laboratorio. Afortunadamente en la tomografía no se veían fracturas ni lesiones mayores pero al doctor le preocupaba las cortadas del ojo y de la ceja. Con el mayor cuidado colocó las puntadas mientras yo tenía que mantener el ojo abierto, viendo como pasaba la aguja por el párpado. Dejé el hospital cerca de las once de la noche, más de doce horas después del accidente.

Los siguientes días fueron particularmente incómodos. El músculo de mi muslo derecho estaba muy dañado y deformado. Me costaba trabajo caminar. El párpado del ojo derecho no cerraba por completo y se me secaba el ojo. Empecé a sentir dolor en la cara. Junto con Tshering visité un templo budista en la zona de Boudhanath para hacer una ofrenda por él. Lo había hecho pasar una experiencia angustiante y esa ofrenda era una manera de
corresponderle su extraordinaria ayuda. Luego me llevó con un lama importante para que me soplara en la cara y con eso ayudarme a sanar más pronto.

Cinco días pasé en Katmandú en los que al principio se veían más impactantes las lesiones pero que poco a poco comenzaron a mejorar. El viernes 21 de Noviembre por la noche, según las instrucciones del doctor, regresé al hospital para que me retiraran las suturas. A la mañana siguiente tomé un avión hacia Pokhara el principal sitio de vuelo en Nepal y volví a volar en parapente desde Sarangkot.

El accidente fue sin duda una experiencia dolorosa y que pudo haber terminado mucho peor. Pero conozco los riesgos de las actividades que realizo y trato de minimizar al máximo la parte del riesgo que es “controlable”. Sería muy fácil que después de pasar por una mala experiencia como esta decidiera nunca más volver a volar y que me dominara el miedo. Si comenzara a limitar mi vida de esa manera, cada vez dejaría de hacer más y más cosas que tanta felicidad y satisfacción me dan. Como lo he comentado en repetidas ocasiones, a lo que verdaderamente le tengo miedo es a tener una vida ordinaria, sin retos ni experiencias.

En estos tres meses he volado más de 60 horas, incluso participando en una competencia de parapente en Valle de Bravo. He escalado montañas y cascadas congeladas, y he corrido cerca de 500km entrenando para dos maratones en los que próximamente estaré participando en dos continentes diferentes. Todo apunta a que en unos meses vendrá una nueva expedición de montañismo, un Ironman y una aventura de miles de kilómetros en motocicleta. Más que detenerme, el accidente me sirvió para darme cuenta de lo mucho que aún tengo por hacer y a tratar de hacerlo de la manera más segura posible. Mi mente está llena de sueños y proyectos. Mi vida está mejor que nunca.