miércoles, 22 de octubre de 2014

Escalando y volando en parapente por Europa (Agosto-Septiembre 2014)

Cuando pienso en los Alpes me vienen a la mente las grandes historias de los pioneros del montañismo. El Mont Blanc fue ascendido por primera vez en 1786, el Matterhorn en 1865 y la pared Norte del Eiger en 1938. Tuve oportunidad de escalar ahí varios picos en el 2005 y desde entonces mis proyectos de montaña se habían concentrado principalmente en Asia. Sin embargo, no dejaba de sentir una fuerte atracción por esa cordillera que atraviesa ocho países a lo largo de cerca de 1,200 kilómetros.

Hace más de 6 años comencé a volar en parapente, considerándolo como una manera más segura y divertida de descender de las montañas. Fue hasta que entré al mundo de parapente que escuché por primera vez de una clase de competencias conocida como Hike & Fly (literalmente se traduce en español como “Excursión a pie y volar”). En estas competencias los participantes tienen que realizar un recorrido de un punto a otro ya sea volando o caminando/corriendo, pero siempre cargando el parapente dentro de una mochila cuando no se esté en vuelo. Los eventos tienen diferentes distancias que van desde decenas de kilómetros hasta cientos de ellos. La estrategia consiste en subir caminando o corriendo en las montañas hasta zonas de despegue establecidas o improvisadas, volar lo más posible en dirección a la meta y al no poder mantener el vuelo, aterrizar para volver a escalar otra montaña que permita hacer un despegue. En algunos eventos se tienen periodos de descanso obligatorios pero en muchos de ellos los participantes pueden estar en movimiento las 24 horas del día. La duración varía desde un solo día, hasta varias semanas. Sin duda, la competencia hike & fly más reconocida y a la vez más dura del planeta es el Red Bull X-Alps que inicia en Salzburgo, en Austria y recorre más de 1,000 kilómetros sobre los picos más importantes de los Alpes hasta terminar en Monte Carlo, Mónaco. Se lleva a cabo cada dos años (la próxima será en 2015) y tan solo una fracción de los participantes que inicia logra cruzar la meta.

Conforme ha mejorado el diseño y desempeño de los parapentes modernos, los competidores que participan en el Red Bull X-Alps y alcanzan a llegar a la meta son los pilotos que logran desplazarse mejor durante el vuelo. Generalmente son los pilotos que tienen un mayor conocimiento de las condiciones locales de vuelo de los Alpes. No habiendo tenido la oportunidad de volar en esa cordillera, hace meses comencé a imaginar un viaje como ningún otro hasta ese momento: recorrer la parte central de los Alpes iniciando en Francia, escalando algunos picos importantes de más de 4,000 metros de altura y haciendo vuelos en parapente en zonas de vuelo de tres países distintos. Me desplazaría de un lugar a otro en una camioneta camper en donde también dormiría sitios de campamento. Quería tener una conocimiento, por muy básico que este fuera, de las diferentes condiciones de vuelo entre los picos de Europa y las zonas de vuelo que estoy acostumbrado en América y Asia, y una noción de los microclimas que ahí se forman.

Tras algunos meses planeando el viaje, dejé México a mediados de Agosto de 2014 y llegué  a Lyon en el Este de Francia. Con tres enormes maletas que contenían mi equipo de escalar, el parapente y una pequeña bicicleta plegable, llegué a las oficinas de la compañía de alquiler de campers a las afueras de la ciudad. El vehículo que me asignaron parecía un pequeñísimo departamento con una cama, baño/regadera, cocineta, refrigerador y mesa. De inmediato encontré parecidos con un velero y me vinieron a la mente recuerdos de mis días en el mar. Comprendo bien el francés y me expreso razonablemente bien en ese idioma pero, nunca antes habiendo utilizado un camper de este tipo, me llevó una hora y media entender las explicaciones de cómo funcionaba el sistema eléctrico, dónde cargar los tanques de agua potable, cómo descargar el tanque de agua gris, cómo cambiar el tanque de gas, etc. Con las maletas cargadas, encendí el motor y comencé la travesía.
Chamonix

Despegue en Pranplaz
Mi primera parada fue Chamonix cerca de la frontera entre Francia, Italia y Suiza donde se encuentra el grandioso Mont Blanc. No es la montaña más alta de Europa, ese honor lo tiene el Monte Elbruz que escalé hace una década, pero sí es el pico más alto de los Alpes. Chamonix también es el lugar donde nació el vuelo en parapente a finales de la década de 1970. Ahí pasé tres noches en el Camping de l'Ile des Barrats que atienden Valérie y Emmanuel Yout, una pareja muy agradable. Durante el día hice varios vuelos desde el despegue de Pranplaz que se encuentra sobre el valle de Chamonix pero del lado opuesto al Mont Blanc. No está permitido despegar sobre el Mont Blanc durante Julio y Agosto por la gran cantidad de vuelos de rescate en helicóptero que se hacen durante esa temporada y a  pesar de eso, los vuelos sobre Pranplaz fueron extraordinarios, haciendo vuelos de distancia que iniciaban sobre Aguilles Rouges. Subía al despegue en el teleférico, volaba durante toda la mañana hasta que lentamente llegaban las nubes después del medio día y comenzaba una ligera lluvia. Por las tardes leía, iba de compras al supermercado en mi bicicleta, me preparaba algo sencillo de cenar, trabajaba durante algunas horas desde mi computadora y me dormía.
 
Valle de Chamonix
Tras varios días de esta rutina llegó el momento de escalar. Con mi mochila preparada en la tarde anterior, dejé el camping el 22 de Agosto y tomé un autobús a Les Houches, luego un teleférico a Bellevue y un pequeño tren de cremallera hasta Nid d´Aigle. Caminé de subida por un estrecho camino rocoso hasta el refugio Tête Rousse y de ahí escalé por una empinada arista de piedra hasta el refugio Goûter. Este refugio fue recientemente construido, reemplazando a una vieja construcción de madera. Fue edificado sobre un acantilado y tiene forma de “huevo” que le permite ser aerodinámico y resistir vientos de hasta 300km/h. La limpieza y organización del refugio es asombrosa.
 
Refugio
En la cima del Mont Blanc
Tras una cena vegetariana me fui a descansar unas horas al dormitorio que me asignaron. A las dos de la mañana en punto comenzó a despertar la gente en el refugio para desayunar algo ligero e iniciar el ascenso. Entre el refugio y la cima hay 1,000 metros de desnivel y hay que cruzar enormes glaciares. Justo al amanecer, tras haber escalado solo toda la noche y con bastante viento, alcancé la cima del punto más alto de los Alpes (4,810 m). El descenso se me hizo largo y pesado, teniendo que regresar al refugio Goûter, a Tête Rousse, Nid d´Aigle, Bellevue, Les Houches y finalmente Chamonix. Esa noche festejé cenando comida Hindú.

Continué mi viaje hacia el Este cruzando la frontera con Suiza hacia Grindelwald y escalando el Mönch (4,107 m). Me hubiera gustado escalar el Eiger por la arista Mitteleg
Mönch
i o la arista sur pero con tanta precipitación en el verano, la montaña tenía demasiada nieve como para hacer un ascenso seguro. Perdí todo un día por el mal clima y me dediqué a lavar ropa en el camping Gletscherdorf. Pero la mañana siguiente, con un cielo azul, me dirigí a Interlaken en donde hice vuelos desde Niedelhorn y Amisbühl. Interlaken en español quiere decir “entre lagos” y la vista que tuve durante los vuelos fue inigualable: campos verdes, lagos color esmeralda, enormes picos nevados, y pequeños chalets de madera por las laderas.
 
Lago Thun, Interlaken
A la mañana siguiente volví a empacar todas mis cosas, me dirigí al Este y crucé hacia Austria. Ahí me dirigí al Sur, por el valle de Zillertal para hacer varios vuelos en la región del Tirol. El campamento se encontraba en Mayerhofen, un pequeño pueblo famoso por el esquí durante el invierno pero también muy turístico durante el verano. En los teleféricos subí en repetidas ocasiones hasta el despegue de Penken y volví a disfrutar de las vistas que parecían sacadas de un cuento.

Matterhorn
Tras un par de días en Mayerhofen llegué a Salzburgo en donde pasé a conocer a Christoph Weber, el director del Red Bull X-Alps. Durante algunas horas platicamos sobre la competencia y sobre el proceso de selección de los atletas. Llegó el momento de comenzar el regreso hacia Francia no sin antes parar en Zermatt, el mágico pueblo Suizo a los pies del Matterhorn. Ahí, desde el moderno refugio de Monte Rosa, realicé el ascenso al Dufourspitze (4,634 m), que es la segunda montaña más alta de los Alpes.
 
Arista del Dufourspitze
La última parada del viaje fue nuevamente Chamonix. Ya siendo Septiembre, no habían restricciones de vuelo del lado del Mont Blanc y sobrevolé los imponentes glaciares de esta enorme montaña.
 
Glaciar
Esta aventura por los Alpes europeos fue aún más intensa que las que estoy acostumbrado a hacer. En tan solo 20 días recorrí 2,400 km manejando por cuatro países, escale tres de los picos más altos del continente y realicé 18 vuelos en parapente recorriendo más de 350km. Podría pensarse que viviendo de una manera tan precipitada no me da tiempo de parar y de disfrutar muchas cosas durante el camino. Pero hay unas palabras de Henry David Thoreau en su libro Walden que sigo como un mantra: “Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentar sólo los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar, no sea que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido.” Me queda muy claro que el tiempo que tenemos es prestado y trato de aprovecharlo al máximo. 

martes, 19 de agosto de 2014

Camino de Santiago (Tercera parte)



Mi mochila, con su vieira
Mi llegada a Viana durante el Camino de Santiago fue un asunto doloroso, literalmente. Entre tendinitis y ampollas en los pies, caminaba con mucha dificultad y estaba recorriendo en promedio 8 kilómetros al día menos de mi objetivo de 50. Tomé tres decisiones. La primera fue hospedarme en un pequeño hotel en vez de un albergue para descansar mis pies y meterlos en una tina con agua helada y hielos. La segunda fue que en vez de andar los más de 800km del Camino en tan sólo 15 días, me tomaría cinco días más, recorriendo una distancia menor hasta recuperarme. Y por último, decidí revisar completamente el contenido de mi mochila y enviar por correo a México todo lo que no fuera verdaderamente indispensable. Fueron casi 5kg de peso que bajó la mochila cuando saqué mi cámara, un pequeño tripié, pantalones de mezclilla, camisa, tenis de montaña (me quedé únicamente con mis tenis de correr y sandalias) y un iPad. Qué distinta era mi idea de las cosas “esenciales” una vez que las había tenido que cargar durante varios días.

Viñedos en La Rioja
Continué mi marcha con mucho mejor ánimo y procurando cuidar mis pies tomando descansos periódicos. Navarra dio paso a La Rioja y caminar entre los viñedos se volvió parte de la atmósfera mágica de mi recorrido. En Abril en el norte de España, la vid aparenta ser un pequeño tronco grueso y seco con pocas ramas torcidas, que sale de una tierra aún más seca, agrietada y rojiza. Es difícil imaginar que en tan solo unos meses esas varas estarán completamente cubiertas de hojas verdes y racimos de uvas de donde saldrán los mejores vinos del mundo.

Catedral de Burgos
Con el pasar de los días se recuperaban mis pies y junto con ellos mi confianza. Varias veces al día me encontraba atravesando pequeños poblados que parecían abandonados. Las pequeñas villas como Belorado, Terradillo de los Templarios y Hermanillos de la Calzadilla tenían más de la mitad de sus edificios vacíos y los pobladores son generalmente personas mayores que se reúnen por las tardes en el bar del pueblo para ver el futbol y jugar cartas. En pocos años se convertirán en pueblos fantasmas. Por otro lado, en las grandes ciudades como Logroño, Burgos, León y Ponferrada, e incluso en otras más pequeñas como Palas de Rei y Astorga era reconfortante observar movimiento y gente joven que le inyecta energía y vida a esas viejas urbes.

O'Cebreiro
De La Rioja pasé a Castilla y León, caminando por la enorme meseta y teniendo a la vista durante varios días la cordillera nevada de Picos de Europa. Mientras caminaba, me imaginaba regresando algún día para escalarlos y a hacer vuelos en parapente. Así me distraía durante las horas de marcha y seguía disfrutando las tardes, cuando generalmente tenía las sendas para mi solo. Todos los días registraba mi progreso en los mapas y contaba los kilómetros que me faltaban por caminar hasta Santiago de Compostela, pero no fue sino hasta que llegué al pueblo mágico de O’Cebreiro en Galicia que sentí que el fin del Camino estaba cerca. Esta pequeña villa tiene una sola calle con edificios de piedra y algunas construcciones todavía con techo de paja, pero tiene una historia repleta de leyendas de principios de la edad media. También por ahí estuvieron los Reyes Católicos en su recorrido por el Camino de Santiago y les sucediera un “milagro” relacionado con el Santo Grial. En la noche, la luna llena y la niebla le dieron al pueblo un toque surrealista. Estaba consciente de que en pocos días terminaría esta gran travesía y al acercarme a mi destino aumentaba mi sensación de bienestar.

19 días después de que comencé a caminar en Francia llegué a
Amanecer del último día
Santiago de Compostela. Antes del amanecer de ese último día dejé la posada en Pedrouzo y todavía en la oscuridad seguí la vereda por el bosque junto con otros peregrinos. Me emocionaba saber que tan solo 20 kilómetros me separaban de la culminación de mi viaje. Salió el sol, me paré a tomar un café para sacudirme el frío de la mañana y reanudé mi marcha. En las afueras de Santiago de Compostela hay un cerro llamado Monte de Gozo en donde los peregrinos ven por primera vez la ciudad de Santiago y las torres de la catedral a la distancia. Más que gozo sentí que era inevitable el final de esta aventura y me apresuré a bajar hacia la ciudad.

Los edificios relativamente modernos de los suburbios se convirtieron en construcciones cada vez más viejas y las calles se volvieron más angostas. Pero de pronto el callejón por el que avanzaba desembocó en la Plaza del Obradoiro, el corazón de Santiago de Compostela rodeada en sus cuatro lados por la famosa Catedral, el Hospital Real, el Palacio de Rajoy y el Colegio de San Jerónimo. Mi camino de 800 kilómetros había terminado. Pero el Camino me tenía una última sorpresa para convertir mi llegada en algo inolvidable. Al visitar la Catedral se celebraba la misa diaria para los peregrinos a las 12:00pm en la que pocas veces al año hace su aparición el Botafumeiro pero por alguna razón que nunca conocí, ese lunes me tocó vivirlo. Es un enorme incensario que cuelga de un sistema de poleas y palancas desde
Botafumeiro
la cúpula de la catedral. Un grupo de ayudantes va tirando del otro extremo de la cuerda para que el botafumeiro comience a moverse de lado a lado como péndulo, cada vez con más velocidad hasta terminar recorriendo un arco de unos 100 metros en pocos segundos. Es un espectáculo que hay que presenciar para poder entender lo asombroso que es. Por último, en la oficina de atención al peregrino me entregaron un certificado al que llaman Compostela y un voluntario escribió mi nombre en la lista de peregrinos. Quedaré ahí como una estadística que con los años se volverá irrelevante. Lo valioso fue vivir mi propio Camino de Santiago.



lunes, 16 de junio de 2014

Camino de Santiago (Segunda parte)


Como me sucede con las grandes aventuras y proyectos, el caminar más de 800 kilómetros en menos de tres semanas parece sin duda un reto inmenso, difícil de asimilar. Pero si comienzo a dividirlo en objetivos cada vez más pequeños, se convierte en algo realizable. 800km en 20 días se transforman en 40km por día. Incluso eso es casi un maratón diario, cargando una mochila. Pero al dividirlo en 20km por la mañana y 20km por la tarde, caminando 5 horas en cada etapa, tendría que caminar a un paso relativamente cómodo de tan solo 4 kilómetros por hora promedio. De esa manera lo visualizaba. En total acabé dando 1,178,670 pasos y caminando 813.7km (los registré con un acelerómetro que llevaba en la muñeca). Todo inició con el primer paso que di al dejar el albergue en St. Jean Pied de Port.

Primer amanecer

Mi primer objetivo era salir de St. Jean y cruzar los Pirineos. No tardé en dejar atrás el pequeño pueblo medieval y comenzar a caminar por una estrecha carretera en el campo, a lo largo de laderas de montañas completamente tapizadas de verde.
Subiendo por los Pirineos
Mientras ascendía por el inclinado camino en la cordillera, quedaban atrás los valles de Francia y se veían enfrente enormes montañas, algunas coronadas con impresionantes rocas pero principalmente con cimas modestas cubiertas de pasto. Pasaron las horas mientras andaba y me encontré algunos otros peregrinos caminando por el sinuoso trayecto. También noté que habían varios ciclistas esforzándose por ascender y en las subidas íbamos al mismo ritmo, pero en las bajadas me dejaban atrás en pocos segundos. Cada vez que llegaba a un crucero en el que el camino se dividía o no quedaba completamente claro por dónde seguir, habían marcas pintadas sobre las piedras o mojoneras con el dibujo de la vieira (concha) marcando el camino. Normalmente con un fondo azul, la vieira pintada en amarillo se convirtió durante mi andar en un símbolo de continuidad y de certeza de ir por la ruta correcta. Llegué al punto más alto de nuestro cruce por los Pirineos poco antes del medio día y me senté unos minutos a observar el majestuoso paisaje. El cielo estaba completamente azul y la temperatura era agradable. Se me hacía difícil imaginarme en ese momento las tormentas y el mal clima del que tanto había leído y que eran de esperarse ese lugar. Muchos peregrinos habían muerto en esa zona a causa de las tempestades. Posteriormente crucé la Frontera entre Francia y España marcada por una enorme piedra tallada e inicié el descenso a Roncesvalles, en la provincia de Navarra. Es famoso el monasterio y albergue de peregrinos de esta localidad ya que desde ahí inicia el mayor número de peregrinos que siguen la Ruta Francesa del Camino de Santiago. Tras una comida ligera, reanudé la marcha por un sendero junto al río, con muchas menos subidas, pero ahora completamente solo. A eso me acostumbraría en los siguientes días: caminar con mucha gente durante la mañana y prácticamente solo por la tarde debido a que los peregrinos suelen andar hasta la comida y por la tarde visitar los pueblos, lavar ropa, ir a misa y simplemente descansar y recuperarse. Mi momento del día preferido fueron las tardes, cuando tenía el Camino de Santiago para mi solo. Ese primer día caminé hasta Zubiri a donde llegué a las 7pm. Terminé la jornada ligeramente cansado pero sintiendo el principio de unas ampollas en mi pie izquierdo. En general bien para haber sido mi primer día y recorrido 47km. Pasé la noche en el Albergue Avellano donde me pusieron el sello en mi credencial de peregrino.

Llegando a la parte más alta de los Pirineos

Roncesvalles
En invierno el camino está cubierto de nieve y estas marcas señalan la ruta

Pamplona vaciá
Cada mañana despertaba a las 6:30am, antes de la salida del sol. O más bien me despertaban los otros peregrinos que comenzaban ruidosamente a prepararse para comenzar la caminata del día. Guardaba mi saco de dormir, empacaba la mochila y salía del albergue con las primeras luces del día. En los pueblos o albergues donde había un café o un bar, me tomaba un espreso y un croissant y empezaba a caminar. Por lo general oía música en mi iPod o escuchaba programas de ciencia que tenía grabados. Lo veía como una forma de aprovechar el tiempo mientras andaba. En ese segundo día llegué a Pamplona a la hora de la comida y me encontré con una ciudad vacía, con todos los comercios cerrados por ser Semana Santa. Me paré en el Parque de la Ciudadela para comer algo y al volver a caminar sentí un dolor muy intenso en el Tendón de Aquiles de mi pie derecho. Ese dolor, y las ampollas en el otro pie continuaron molestándome durante el resto del trayecto y se volvieron un problema grave. Ahora reconozco que los tenis de Trekking que llevaba no eran la mejor opción para ese recorrido y terminé enviándolos por correo a México algunos días después. El resto de la travesía lo hice con mis tenis de correr.
Típico pueblo de Navarra
Señalando el camino

Mi mochila, con la vieira
Típica vista en el camino
Monumento al peregrino
Pasando Pamplona el camino se convirtió en un subir y bajar por la meseta que cubre esa zona de Navarra. Era de llamar la atención que casi todo el campo que potencialmente podía ser cultivado estaba sembrado y no se desaprovechaba ni una hectárea. Constantemente alcanzaba a ver en el horizonte enormes turbinas de viento de más de 100 metros de altura, como reguiletes gigantes. Algunas horas más tarde ya los había dejado atrás. Pasé las siguientes noches en Cizur Menor, Ayegui y Viana, caminando rodeado de varias personas por las mañanas y andando solo por las tardes. Por lo general llegaba a los albergues entre las siete y ocho de la tarde con tiempo justo para bañarme, lavar la ropa, cenar algo rápido e irme a acostar antes de que apagaran las luces a las diez de la noche. Una mañana todavía en Navarra pasé junto a las bodegas Irache donde conocí la famosa la “Fuente de Vino”. En un muro de la Bodega hay un grifo de donde sale vino tinto y los peregrinos son bienvenidos a llenar sus botellas sin ningún costo.
Turbinas de viento

Iglesia Templaria
Fuente de Vino en Bodegas Irache

Me es difícil explicar cómo es posible que caminar decenas de kilómetros al día durante ocho o diez horas, sabiendo que al día siguiente me esperará exactamente lo mismo, sea una de las mejores experiencias de mi vida. Pienso que hay algo reconfortante y terapéutico en andar durante tanto tiempo, con un objetivo claro cada día y sabiendo que cada paso me acerca un poco más a mi meta. El medio se convierte en el fin, el camino se vuelve el destino.

Al llegar a Viana había recorrido 169.7 kilómetros y dado 251,745 pasos pero mis pies se encontraban en muy mal estado entre las ampollas y la tendinitis. Si quería terminar el Camino, pero sobre todo disfrutar la aventura, tendría que ser proactivo tomar una decisión de inmediato.


Viana

domingo, 1 de junio de 2014

Camino de Santiago (Primera parte)


Comencé a viajar solo cuando tenía 14 años. Durante las siguientes dos décadas he tenido el privilegio de viajar a los lugares más remotos del planeta y de vivir aventuras y experiencias que pocas personas han tenido la oportunidad de sentir. Pero puedo decir sin dudarlo que el haber recorrido el Camino de Santiago hace unas semanas es una de las más enriquecedoras de todas.

"Camino de Santiago" es el nombre que se le da a varias rutas de peregrinos en Europa que convergen en Santiago de Compostela, en Galicia, al noroeste de España. Existe un Camino Portugués, que va desde Lisboa y otros que inician del oeste de España, pero el más recorrido es el Camino Francés. Es el que yo decidí andar. El motivo de que la peregrinación termine en esa ciudad es que la tradición católica considera que los restos del apóstol Santiago (en inglés St. James y en francés St. Jean, pero todos vienen del hebreo San Ya'akov) fueron llevados a la Península Ibérica tras su muerte y depositados en Santiago de Compostela. Esta peregrinación se realiza desde la Edad Media, con la creencia de que se obtendrían indulgencias al completar el camino. El punto de inicio del Camino Francés no está bien definido. Hay unos pocos valientes que lo hacen desde Paris, otros desde Burdeos y algunos desde St. Jean Pied de Port (más de 800 km por recorrer) en los Pirineos. La mayoría de las personas que recorre el Camino Francés lo hace desde Roncesvalles, en Navarra, pero la tradición señala que para que se tengan los méritos y se considere una peregrinación se deben recorrer por lo menos 100km a pie o a caballo o 200km en bicicleta. En la Edad Media el Camino implicaba muchos riesgos de asaltos y de sufrir enfermedades y los Reyes Católicos se dedicaron a construir un sistema de hospitales para recibir a los viajeros durante su peregrinación. Ahora, hay un sistema de hostales municipales, parroquiales y privados que reciben a los peregrinos por algunos Euros y los más de 800km del Camino Francés están divididos en 34 etapas en las que se camina al día 24km en promedio. Sumándole algunos días de descanso, el tiempo que normalmente se lleva recorrer el Camino Francés es de unas 6 semanas. Los peregrinos inician su camino cualquier día del año pero por razones obvias hay mucha más gente recorriéndolo durante el verano.

Amanecer sobre el Océano Atlántico
En 2004 mis papás recorrieron el Camino de Santiago en bicicleta iniciando en Roncesvalles y desde entonces me nació el deseo de poderlo recorrer algún día a pie. Lo atractivo para mi no era la parte religiosa-espiritual, ya que no sigo esa religión ni ninguna otra. Era más bien el caminar durante semanas y disfrutando de paisajes maravillosos. Digamos que lo veía como una forma de terapia, una manera de regresar a lo más básico: caminar. Por varios motivos, fueron pasando los años y este viaje se quedó guardado en el cajón de los proyectos por realizar. Pero nunca lo olvidé por completo y por eso leí varios libros con relatos de personas que lo recorrieron. Hace dos años compré mi guía con toda la información de cada etapa del Camino Francés (la recomiendo ampliamente http://amzn.com/1844096246). Fue hasta finales de marzo de este año que por fin me decidí a poner una fecha de salida e inicié con los últimos preparativos. Compré mi boleto de avión, el de tren e hice una sola reservación para un albergue en el punto de inicio porque el espacio suele ser limitado. Hice una lista de las cosas que consideraba que me  eran esenciales ya que todo lo tendría que cargar durante los cientos de kilómetros dentro de mi mochila. Con mucha emoción y aún más incertidumbre me subí al avión en el que dejaba México con rumbo a Paris. Llegué al aeropuerto Charles de Gaulle muy temprano el 15 de Abril y tras una breve espera de menos de dos horas tomé un tren rápido desde ese mismo aeropuerto con destino a Burdeos. Ahí cambié de tren para dirigirme a Bayonne, que queda muy cerca de Biarritz. Bajando del tren me di cuenta que la gente que esperaba en la estación no eran los típicos turistas. Eran peregrinos con mochilas y bastones, gente de todas las edades listos para iniciar la aventura-peregrinación (después pude ver que la mayoría de la gente recorriendo el camino de Santiago eran personas de 20 a 35 años y de 55 en adelante). Debido a fuertes lluvias de días anteriores las vías de tren hacia St. Jean Pied de Port estaban cubiertas por aludes y tuve que hacer la última parte del trayecto en autobús. En menos de 24 horas recorrí 9,000km en avión, 800km en tren y 50km en autobús. Un buen inicio.
Aeropuerto Charles de Gaulle, Paris
Aeropuerto Charles de Gaulle, Paris
Estación de trenes en el aeropuerto Charles de Gaulle, Paris

El tren a Burdeos
Estación de tren en Burdeos
Marca de la ruta en St. Jean Pied de Port
St. Jean Pied de Port es un pequeño pueblo medieval en los Pirineos. Su nombre en español literalmente quiere decir san Juan al pie del paso, refiriéndose al paso entre las montañas. Caminé desde la parada de autobús hasta el Albergue en el que había reservado mi lugar para pasar la noche y dejé mi mochila. Ya era tarde y me dirigí a la oficina de peregrinos. En una larga mesa habían cinco voluntarios, "amigos" del Camino de Santiago, que recibían a los peregrinos. Al llegar mi turno, me dirigieron con uno de los voluntarios que me pidió que llenara un breve formato con mi nombre, ciudadanía y motivo por el que recorrería el camino. De las tres opciones, religioso, cultural o deportivo, marqué las dos últimas. La señora sacó una Credencial, una larga hoja doblada como acordeón que me identificaría como peregrino y me daría acceso a los albergues en la ruta. En ella iría acumulando sellos de los lugares donde pasara y en Santiago la mostraría como prueba de mi recorrido para obtener la Compostela o certificado. Llenó mis datos en la credencial y me puso mi primer sello, escribiendo a mano la fecha y su firma. También me pidió un donativo de 2. Junto con la credencial me entregó una vieira (concha) que sirve para identificar a los peregrinos y que posteriormente coloqué en mi mochila. Estas vieiras abundan en Galicia y antiguamente las personas que llegaban hasta Santiago de Compostela se las llevaban de regreso como símbolo de su peregrinación. La imagen de la vieira se ha convertido en el símbolo del camino y es usada para marcar la ruta. Finalmente, la voluntaria me dijo que el camino por los Pirineos llega a ser peligroso por las nevadas y lluvia, y por las tormentas en primavera que han hecho que muchos peregrinos mueran antes de cumplir la primera etapa. Pero también me dijo que tenía mucha suerte ya que en los siguientes días no se esperaba nada de precipitación y cielo estaría completamente despejado. Sin duda un gran inicio. Le agradecí su ayuda y antes de salir de la oficina me dijo las dos palabras que llegaría a escuchar y a decir decenas de veces cada día: ¡Buen Camino!
Calle principal de St. Jean Pied de Port
Mapa de la parte inicial del Camino Francés
Atardecer en St. Jean Pied de Port

Cené algo muy ligero y empecé a sentir el cansancio acumulado del viaje desde México. Cuando regresé al albergue, las otras nueve camas de la habitación ya estaban ocupadas y me dormí en cuanto mi cabeza tocó la almohada. A la mañana siguiente me despertó el ruido de las otras personas preparándose para partir. Eran las seis y media de la madrugada. Guardé mis cosas en la mochila y bajé al pequeño comedor del albergue donde nos ofrecieron café y pan. Salí a la calle cuando el sol aún no había salido por el horizonte pero el cielo estaba aclarando. Se sentía frío, tal vez unos 6 u 8 grados aunque una buena temperatura para caminar. Era 16 de Abril y comenzaba el Camino de Santiago. 
16 de Abril, 7:00am