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jueves, 6 de noviembre de 2014

Viajando a Nepal para escalar "nuevos" picos

Podría parecer que en este siglo XXI nuestro planeta ha sido explorado en su totalidad y que geográficamente la lista de lugares desconocidos se ha reducido al mínimo o incluso ha desaparecido. Con tan solo unos clics podemos encontrar imágenes satelitales de cualquier parte del planeta y trasladarnos decenas de miles de kilómetros hasta lugares remotos e inaccesibles. En el tema del alpinismo, todas las montañas que he escalado hasta hoy ya han sido subidas en varias ocasiones y, aunque todavía hay extraordinarios montañistas que se dedican a abrir nuevas rutas técnicas en picos ya conocidos, en la actualidad son relativamente pocas las montañas que son escaladas por primera ocasión. Los motivos por los que nadie hasta el momento ha subido a esas cimas pueden ser por que el acceso es extremadamente complicado, por la dificultad técnica e incluso por temas burocráticos y religiosos. Por ejemplo, existe una montaña en el sur de Tíbet llamada Monte Kailash que visualmente es de las más bellas que conozco. Es una montaña considerada como sagrada para cuatro religiones diferentes (Hinduismo, Budismo, Bön y Jainismo) y por esa razón no ha sido, ni creo que será escalada.

En primavera de este año, algunas semanas después de la tragedia en el Everest en el que perdieron la vida 16 Sherpas en una avalancha, el gobierno de Nepal anunció que por primera vez daría permiso para escalar 104 picos en los Himalaya que anteriormente no estaban dentro de la lista de montañas permitidas para escalar. El anuncio parecía una forma de invitar a los alpinistas a regresar a Nepal después del accidente. Se publicó una lista con el nombre de los picos y las coordenadas de cada cima y durante el verano me di a la tarea de identificar y documentar a detalle, desde México, cada una de esas montañas utilizando toda la tecnología disponible. Me encontré con varios obstáculos ya que nunca se publicó el DATUM utilizado para establecer las coordenadas de cada pico y varias de las montañas de la lista parecían más bien cimas falsas de otras montañas más grandes y para algunas de las coordenadas simplemente estaban mal.

Tras varias semanas de trabajo inicié el análisis de cuales eran las más factibles de intentar ascender al final del otoño o principios del invierno, desde el punto de vista logístico, y reduje mi búsqueda a tres zonas dentro de Nepal: Kanchenjunga, Rolwaling y Khumbu. Pero ya entrando en contacto con la División de Montañismo del Ministerio de Cultura, Turismo y Aviación Civil de Nepal me apareció una terrible barrera burocrática. Resulta que los picos menores de 6,500 metros de altura están clasificados como picos de “trekking” (usan ese nombre sin importar el grado de dificultad técnica de la cima). Por otro lado, las montañas de más de 6,500 metros son consideradas como picos de “montañismo” ¡Como una referencia, el imponente Alpamayo en Perú con 5,947 metros sería clasificado como un pico de “trekking” en Nepal!

El principal problema de esta clasificación tan simplista surge con los requisitos para subir un pico de “montañismo”. Arriba de 6,500 metros es obligatorio que un agente del gobierno de Nepal conocido como Liaison Officer participe en la expedición. Estos agentes por lo general se quedan en Katmandú, nunca se acercan a la montaña y cuando lo llegan a hacer, fingen tener dolor de cabeza y abandonan a los dos o tres días. El costo aproximado para un montañista por estar obligado a participar en esta farsa: ¡$3,000 dólares por agente! Como referencia, el costo del permiso para escalar una montaña de más de 6,500 metros: $750 dólares. Considerando que el sueldo promedio anual de un hogar en Nepal es de menos de $2,000 dólares es claro ver que el sistema de Liaison Officers funciona para perpetuar un sistema burocrático en el que los puestos son vendidos y el dinero repartido entre los políticos. El pueblo nunca ve un centavo.

El gran absurdo es que de los 104 picos hay varios de más de 6,500 metros que se pueden escalar como grupo, uno tras otro y con un solo campamento base, y los ascensos a cada cima podrían realizarse en un solo día de escalda. Según las reglas, no importa si el ascenso a un pico dura un día o 60 días, se debe de pagar al agente. Pensando en cuatro picos que se podrían escalar en 4 días seguidos, habría que pagar $12,000 dólares ($3,000 x 4 montañas) únicamente para los agentes del gobierno, más el costo de los permisos, más el costo de la expedición. Lamentablemente, por esta razón me vi forzado a considerar únicamente montañas de menos de 6,500 metros.

Escribo estas líneas desde Tokio, viajando hacia Nepal donde en las próximas semanas intentaré algunos primeros ascensos a varios de esos 104 picos vírgenes de los Himalaya. También estaré realizando algunos vuelos en parapente en la región del Annapurna. El plan es escalar únicamente con un amigo Sherpa como compañero de escalada (nunca como porteador) para hacer una expedición rápida y segura. Me emociona pensar que en algunos días pudiera estar escalando y llegando a cimas que nunca antes han sido pisadas. Pero me emociona aún más el tener nuevas metas adelante y hacer todo lo posible por alcanzarlas.


En los próximos días estaré compartiendo por aquí más detalles de mis planes.

Katmandú

miércoles, 22 de octubre de 2014

Escalando y volando en parapente por Europa (Agosto-Septiembre 2014)

Cuando pienso en los Alpes me vienen a la mente las grandes historias de los pioneros del montañismo. El Mont Blanc fue ascendido por primera vez en 1786, el Matterhorn en 1865 y la pared Norte del Eiger en 1938. Tuve oportunidad de escalar ahí varios picos en el 2005 y desde entonces mis proyectos de montaña se habían concentrado principalmente en Asia. Sin embargo, no dejaba de sentir una fuerte atracción por esa cordillera que atraviesa ocho países a lo largo de cerca de 1,200 kilómetros.

Hace más de 6 años comencé a volar en parapente, considerándolo como una manera más segura y divertida de descender de las montañas. Fue hasta que entré al mundo de parapente que escuché por primera vez de una clase de competencias conocida como Hike & Fly (literalmente se traduce en español como “Excursión a pie y volar”). En estas competencias los participantes tienen que realizar un recorrido de un punto a otro ya sea volando o caminando/corriendo, pero siempre cargando el parapente dentro de una mochila cuando no se esté en vuelo. Los eventos tienen diferentes distancias que van desde decenas de kilómetros hasta cientos de ellos. La estrategia consiste en subir caminando o corriendo en las montañas hasta zonas de despegue establecidas o improvisadas, volar lo más posible en dirección a la meta y al no poder mantener el vuelo, aterrizar para volver a escalar otra montaña que permita hacer un despegue. En algunos eventos se tienen periodos de descanso obligatorios pero en muchos de ellos los participantes pueden estar en movimiento las 24 horas del día. La duración varía desde un solo día, hasta varias semanas. Sin duda, la competencia hike & fly más reconocida y a la vez más dura del planeta es el Red Bull X-Alps que inicia en Salzburgo, en Austria y recorre más de 1,000 kilómetros sobre los picos más importantes de los Alpes hasta terminar en Monte Carlo, Mónaco. Se lleva a cabo cada dos años (la próxima será en 2015) y tan solo una fracción de los participantes que inicia logra cruzar la meta.

Conforme ha mejorado el diseño y desempeño de los parapentes modernos, los competidores que participan en el Red Bull X-Alps y alcanzan a llegar a la meta son los pilotos que logran desplazarse mejor durante el vuelo. Generalmente son los pilotos que tienen un mayor conocimiento de las condiciones locales de vuelo de los Alpes. No habiendo tenido la oportunidad de volar en esa cordillera, hace meses comencé a imaginar un viaje como ningún otro hasta ese momento: recorrer la parte central de los Alpes iniciando en Francia, escalando algunos picos importantes de más de 4,000 metros de altura y haciendo vuelos en parapente en zonas de vuelo de tres países distintos. Me desplazaría de un lugar a otro en una camioneta camper en donde también dormiría sitios de campamento. Quería tener una conocimiento, por muy básico que este fuera, de las diferentes condiciones de vuelo entre los picos de Europa y las zonas de vuelo que estoy acostumbrado en América y Asia, y una noción de los microclimas que ahí se forman.

Tras algunos meses planeando el viaje, dejé México a mediados de Agosto de 2014 y llegué  a Lyon en el Este de Francia. Con tres enormes maletas que contenían mi equipo de escalar, el parapente y una pequeña bicicleta plegable, llegué a las oficinas de la compañía de alquiler de campers a las afueras de la ciudad. El vehículo que me asignaron parecía un pequeñísimo departamento con una cama, baño/regadera, cocineta, refrigerador y mesa. De inmediato encontré parecidos con un velero y me vinieron a la mente recuerdos de mis días en el mar. Comprendo bien el francés y me expreso razonablemente bien en ese idioma pero, nunca antes habiendo utilizado un camper de este tipo, me llevó una hora y media entender las explicaciones de cómo funcionaba el sistema eléctrico, dónde cargar los tanques de agua potable, cómo descargar el tanque de agua gris, cómo cambiar el tanque de gas, etc. Con las maletas cargadas, encendí el motor y comencé la travesía.
Chamonix

Despegue en Pranplaz
Mi primera parada fue Chamonix cerca de la frontera entre Francia, Italia y Suiza donde se encuentra el grandioso Mont Blanc. No es la montaña más alta de Europa, ese honor lo tiene el Monte Elbruz que escalé hace una década, pero sí es el pico más alto de los Alpes. Chamonix también es el lugar donde nació el vuelo en parapente a finales de la década de 1970. Ahí pasé tres noches en el Camping de l'Ile des Barrats que atienden Valérie y Emmanuel Yout, una pareja muy agradable. Durante el día hice varios vuelos desde el despegue de Pranplaz que se encuentra sobre el valle de Chamonix pero del lado opuesto al Mont Blanc. No está permitido despegar sobre el Mont Blanc durante Julio y Agosto por la gran cantidad de vuelos de rescate en helicóptero que se hacen durante esa temporada y a  pesar de eso, los vuelos sobre Pranplaz fueron extraordinarios, haciendo vuelos de distancia que iniciaban sobre Aguilles Rouges. Subía al despegue en el teleférico, volaba durante toda la mañana hasta que lentamente llegaban las nubes después del medio día y comenzaba una ligera lluvia. Por las tardes leía, iba de compras al supermercado en mi bicicleta, me preparaba algo sencillo de cenar, trabajaba durante algunas horas desde mi computadora y me dormía.
 
Valle de Chamonix
Tras varios días de esta rutina llegó el momento de escalar. Con mi mochila preparada en la tarde anterior, dejé el camping el 22 de Agosto y tomé un autobús a Les Houches, luego un teleférico a Bellevue y un pequeño tren de cremallera hasta Nid d´Aigle. Caminé de subida por un estrecho camino rocoso hasta el refugio Tête Rousse y de ahí escalé por una empinada arista de piedra hasta el refugio Goûter. Este refugio fue recientemente construido, reemplazando a una vieja construcción de madera. Fue edificado sobre un acantilado y tiene forma de “huevo” que le permite ser aerodinámico y resistir vientos de hasta 300km/h. La limpieza y organización del refugio es asombrosa.
 
Refugio
En la cima del Mont Blanc
Tras una cena vegetariana me fui a descansar unas horas al dormitorio que me asignaron. A las dos de la mañana en punto comenzó a despertar la gente en el refugio para desayunar algo ligero e iniciar el ascenso. Entre el refugio y la cima hay 1,000 metros de desnivel y hay que cruzar enormes glaciares. Justo al amanecer, tras haber escalado solo toda la noche y con bastante viento, alcancé la cima del punto más alto de los Alpes (4,810 m). El descenso se me hizo largo y pesado, teniendo que regresar al refugio Goûter, a Tête Rousse, Nid d´Aigle, Bellevue, Les Houches y finalmente Chamonix. Esa noche festejé cenando comida Hindú.

Continué mi viaje hacia el Este cruzando la frontera con Suiza hacia Grindelwald y escalando el Mönch (4,107 m). Me hubiera gustado escalar el Eiger por la arista Mitteleg
Mönch
i o la arista sur pero con tanta precipitación en el verano, la montaña tenía demasiada nieve como para hacer un ascenso seguro. Perdí todo un día por el mal clima y me dediqué a lavar ropa en el camping Gletscherdorf. Pero la mañana siguiente, con un cielo azul, me dirigí a Interlaken en donde hice vuelos desde Niedelhorn y Amisbühl. Interlaken en español quiere decir “entre lagos” y la vista que tuve durante los vuelos fue inigualable: campos verdes, lagos color esmeralda, enormes picos nevados, y pequeños chalets de madera por las laderas.
 
Lago Thun, Interlaken
A la mañana siguiente volví a empacar todas mis cosas, me dirigí al Este y crucé hacia Austria. Ahí me dirigí al Sur, por el valle de Zillertal para hacer varios vuelos en la región del Tirol. El campamento se encontraba en Mayerhofen, un pequeño pueblo famoso por el esquí durante el invierno pero también muy turístico durante el verano. En los teleféricos subí en repetidas ocasiones hasta el despegue de Penken y volví a disfrutar de las vistas que parecían sacadas de un cuento.

Matterhorn
Tras un par de días en Mayerhofen llegué a Salzburgo en donde pasé a conocer a Christoph Weber, el director del Red Bull X-Alps. Durante algunas horas platicamos sobre la competencia y sobre el proceso de selección de los atletas. Llegó el momento de comenzar el regreso hacia Francia no sin antes parar en Zermatt, el mágico pueblo Suizo a los pies del Matterhorn. Ahí, desde el moderno refugio de Monte Rosa, realicé el ascenso al Dufourspitze (4,634 m), que es la segunda montaña más alta de los Alpes.
 
Arista del Dufourspitze
La última parada del viaje fue nuevamente Chamonix. Ya siendo Septiembre, no habían restricciones de vuelo del lado del Mont Blanc y sobrevolé los imponentes glaciares de esta enorme montaña.
 
Glaciar
Esta aventura por los Alpes europeos fue aún más intensa que las que estoy acostumbrado a hacer. En tan solo 20 días recorrí 2,400 km manejando por cuatro países, escale tres de los picos más altos del continente y realicé 18 vuelos en parapente recorriendo más de 350km. Podría pensarse que viviendo de una manera tan precipitada no me da tiempo de parar y de disfrutar muchas cosas durante el camino. Pero hay unas palabras de Henry David Thoreau en su libro Walden que sigo como un mantra: “Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentar sólo los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar, no sea que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido.” Me queda muy claro que el tiempo que tenemos es prestado y trato de aprovecharlo al máximo. 

martes, 19 de agosto de 2014

Camino de Santiago (Tercera parte)



Mi mochila, con su vieira
Mi llegada a Viana durante el Camino de Santiago fue un asunto doloroso, literalmente. Entre tendinitis y ampollas en los pies, caminaba con mucha dificultad y estaba recorriendo en promedio 8 kilómetros al día menos de mi objetivo de 50. Tomé tres decisiones. La primera fue hospedarme en un pequeño hotel en vez de un albergue para descansar mis pies y meterlos en una tina con agua helada y hielos. La segunda fue que en vez de andar los más de 800km del Camino en tan sólo 15 días, me tomaría cinco días más, recorriendo una distancia menor hasta recuperarme. Y por último, decidí revisar completamente el contenido de mi mochila y enviar por correo a México todo lo que no fuera verdaderamente indispensable. Fueron casi 5kg de peso que bajó la mochila cuando saqué mi cámara, un pequeño tripié, pantalones de mezclilla, camisa, tenis de montaña (me quedé únicamente con mis tenis de correr y sandalias) y un iPad. Qué distinta era mi idea de las cosas “esenciales” una vez que las había tenido que cargar durante varios días.

Viñedos en La Rioja
Continué mi marcha con mucho mejor ánimo y procurando cuidar mis pies tomando descansos periódicos. Navarra dio paso a La Rioja y caminar entre los viñedos se volvió parte de la atmósfera mágica de mi recorrido. En Abril en el norte de España, la vid aparenta ser un pequeño tronco grueso y seco con pocas ramas torcidas, que sale de una tierra aún más seca, agrietada y rojiza. Es difícil imaginar que en tan solo unos meses esas varas estarán completamente cubiertas de hojas verdes y racimos de uvas de donde saldrán los mejores vinos del mundo.

Catedral de Burgos
Con el pasar de los días se recuperaban mis pies y junto con ellos mi confianza. Varias veces al día me encontraba atravesando pequeños poblados que parecían abandonados. Las pequeñas villas como Belorado, Terradillo de los Templarios y Hermanillos de la Calzadilla tenían más de la mitad de sus edificios vacíos y los pobladores son generalmente personas mayores que se reúnen por las tardes en el bar del pueblo para ver el futbol y jugar cartas. En pocos años se convertirán en pueblos fantasmas. Por otro lado, en las grandes ciudades como Logroño, Burgos, León y Ponferrada, e incluso en otras más pequeñas como Palas de Rei y Astorga era reconfortante observar movimiento y gente joven que le inyecta energía y vida a esas viejas urbes.

O'Cebreiro
De La Rioja pasé a Castilla y León, caminando por la enorme meseta y teniendo a la vista durante varios días la cordillera nevada de Picos de Europa. Mientras caminaba, me imaginaba regresando algún día para escalarlos y a hacer vuelos en parapente. Así me distraía durante las horas de marcha y seguía disfrutando las tardes, cuando generalmente tenía las sendas para mi solo. Todos los días registraba mi progreso en los mapas y contaba los kilómetros que me faltaban por caminar hasta Santiago de Compostela, pero no fue sino hasta que llegué al pueblo mágico de O’Cebreiro en Galicia que sentí que el fin del Camino estaba cerca. Esta pequeña villa tiene una sola calle con edificios de piedra y algunas construcciones todavía con techo de paja, pero tiene una historia repleta de leyendas de principios de la edad media. También por ahí estuvieron los Reyes Católicos en su recorrido por el Camino de Santiago y les sucediera un “milagro” relacionado con el Santo Grial. En la noche, la luna llena y la niebla le dieron al pueblo un toque surrealista. Estaba consciente de que en pocos días terminaría esta gran travesía y al acercarme a mi destino aumentaba mi sensación de bienestar.

19 días después de que comencé a caminar en Francia llegué a
Amanecer del último día
Santiago de Compostela. Antes del amanecer de ese último día dejé la posada en Pedrouzo y todavía en la oscuridad seguí la vereda por el bosque junto con otros peregrinos. Me emocionaba saber que tan solo 20 kilómetros me separaban de la culminación de mi viaje. Salió el sol, me paré a tomar un café para sacudirme el frío de la mañana y reanudé mi marcha. En las afueras de Santiago de Compostela hay un cerro llamado Monte de Gozo en donde los peregrinos ven por primera vez la ciudad de Santiago y las torres de la catedral a la distancia. Más que gozo sentí que era inevitable el final de esta aventura y me apresuré a bajar hacia la ciudad.

Los edificios relativamente modernos de los suburbios se convirtieron en construcciones cada vez más viejas y las calles se volvieron más angostas. Pero de pronto el callejón por el que avanzaba desembocó en la Plaza del Obradoiro, el corazón de Santiago de Compostela rodeada en sus cuatro lados por la famosa Catedral, el Hospital Real, el Palacio de Rajoy y el Colegio de San Jerónimo. Mi camino de 800 kilómetros había terminado. Pero el Camino me tenía una última sorpresa para convertir mi llegada en algo inolvidable. Al visitar la Catedral se celebraba la misa diaria para los peregrinos a las 12:00pm en la que pocas veces al año hace su aparición el Botafumeiro pero por alguna razón que nunca conocí, ese lunes me tocó vivirlo. Es un enorme incensario que cuelga de un sistema de poleas y palancas desde
Botafumeiro
la cúpula de la catedral. Un grupo de ayudantes va tirando del otro extremo de la cuerda para que el botafumeiro comience a moverse de lado a lado como péndulo, cada vez con más velocidad hasta terminar recorriendo un arco de unos 100 metros en pocos segundos. Es un espectáculo que hay que presenciar para poder entender lo asombroso que es. Por último, en la oficina de atención al peregrino me entregaron un certificado al que llaman Compostela y un voluntario escribió mi nombre en la lista de peregrinos. Quedaré ahí como una estadística que con los años se volverá irrelevante. Lo valioso fue vivir mi propio Camino de Santiago.



lunes, 16 de junio de 2014

Camino de Santiago (Segunda parte)


Como me sucede con las grandes aventuras y proyectos, el caminar más de 800 kilómetros en menos de tres semanas parece sin duda un reto inmenso, difícil de asimilar. Pero si comienzo a dividirlo en objetivos cada vez más pequeños, se convierte en algo realizable. 800km en 20 días se transforman en 40km por día. Incluso eso es casi un maratón diario, cargando una mochila. Pero al dividirlo en 20km por la mañana y 20km por la tarde, caminando 5 horas en cada etapa, tendría que caminar a un paso relativamente cómodo de tan solo 4 kilómetros por hora promedio. De esa manera lo visualizaba. En total acabé dando 1,178,670 pasos y caminando 813.7km (los registré con un acelerómetro que llevaba en la muñeca). Todo inició con el primer paso que di al dejar el albergue en St. Jean Pied de Port.

Primer amanecer

Mi primer objetivo era salir de St. Jean y cruzar los Pirineos. No tardé en dejar atrás el pequeño pueblo medieval y comenzar a caminar por una estrecha carretera en el campo, a lo largo de laderas de montañas completamente tapizadas de verde.
Subiendo por los Pirineos
Mientras ascendía por el inclinado camino en la cordillera, quedaban atrás los valles de Francia y se veían enfrente enormes montañas, algunas coronadas con impresionantes rocas pero principalmente con cimas modestas cubiertas de pasto. Pasaron las horas mientras andaba y me encontré algunos otros peregrinos caminando por el sinuoso trayecto. También noté que habían varios ciclistas esforzándose por ascender y en las subidas íbamos al mismo ritmo, pero en las bajadas me dejaban atrás en pocos segundos. Cada vez que llegaba a un crucero en el que el camino se dividía o no quedaba completamente claro por dónde seguir, habían marcas pintadas sobre las piedras o mojoneras con el dibujo de la vieira (concha) marcando el camino. Normalmente con un fondo azul, la vieira pintada en amarillo se convirtió durante mi andar en un símbolo de continuidad y de certeza de ir por la ruta correcta. Llegué al punto más alto de nuestro cruce por los Pirineos poco antes del medio día y me senté unos minutos a observar el majestuoso paisaje. El cielo estaba completamente azul y la temperatura era agradable. Se me hacía difícil imaginarme en ese momento las tormentas y el mal clima del que tanto había leído y que eran de esperarse ese lugar. Muchos peregrinos habían muerto en esa zona a causa de las tempestades. Posteriormente crucé la Frontera entre Francia y España marcada por una enorme piedra tallada e inicié el descenso a Roncesvalles, en la provincia de Navarra. Es famoso el monasterio y albergue de peregrinos de esta localidad ya que desde ahí inicia el mayor número de peregrinos que siguen la Ruta Francesa del Camino de Santiago. Tras una comida ligera, reanudé la marcha por un sendero junto al río, con muchas menos subidas, pero ahora completamente solo. A eso me acostumbraría en los siguientes días: caminar con mucha gente durante la mañana y prácticamente solo por la tarde debido a que los peregrinos suelen andar hasta la comida y por la tarde visitar los pueblos, lavar ropa, ir a misa y simplemente descansar y recuperarse. Mi momento del día preferido fueron las tardes, cuando tenía el Camino de Santiago para mi solo. Ese primer día caminé hasta Zubiri a donde llegué a las 7pm. Terminé la jornada ligeramente cansado pero sintiendo el principio de unas ampollas en mi pie izquierdo. En general bien para haber sido mi primer día y recorrido 47km. Pasé la noche en el Albergue Avellano donde me pusieron el sello en mi credencial de peregrino.

Llegando a la parte más alta de los Pirineos

Roncesvalles
En invierno el camino está cubierto de nieve y estas marcas señalan la ruta

Pamplona vaciá
Cada mañana despertaba a las 6:30am, antes de la salida del sol. O más bien me despertaban los otros peregrinos que comenzaban ruidosamente a prepararse para comenzar la caminata del día. Guardaba mi saco de dormir, empacaba la mochila y salía del albergue con las primeras luces del día. En los pueblos o albergues donde había un café o un bar, me tomaba un espreso y un croissant y empezaba a caminar. Por lo general oía música en mi iPod o escuchaba programas de ciencia que tenía grabados. Lo veía como una forma de aprovechar el tiempo mientras andaba. En ese segundo día llegué a Pamplona a la hora de la comida y me encontré con una ciudad vacía, con todos los comercios cerrados por ser Semana Santa. Me paré en el Parque de la Ciudadela para comer algo y al volver a caminar sentí un dolor muy intenso en el Tendón de Aquiles de mi pie derecho. Ese dolor, y las ampollas en el otro pie continuaron molestándome durante el resto del trayecto y se volvieron un problema grave. Ahora reconozco que los tenis de Trekking que llevaba no eran la mejor opción para ese recorrido y terminé enviándolos por correo a México algunos días después. El resto de la travesía lo hice con mis tenis de correr.
Típico pueblo de Navarra
Señalando el camino

Mi mochila, con la vieira
Típica vista en el camino
Monumento al peregrino
Pasando Pamplona el camino se convirtió en un subir y bajar por la meseta que cubre esa zona de Navarra. Era de llamar la atención que casi todo el campo que potencialmente podía ser cultivado estaba sembrado y no se desaprovechaba ni una hectárea. Constantemente alcanzaba a ver en el horizonte enormes turbinas de viento de más de 100 metros de altura, como reguiletes gigantes. Algunas horas más tarde ya los había dejado atrás. Pasé las siguientes noches en Cizur Menor, Ayegui y Viana, caminando rodeado de varias personas por las mañanas y andando solo por las tardes. Por lo general llegaba a los albergues entre las siete y ocho de la tarde con tiempo justo para bañarme, lavar la ropa, cenar algo rápido e irme a acostar antes de que apagaran las luces a las diez de la noche. Una mañana todavía en Navarra pasé junto a las bodegas Irache donde conocí la famosa la “Fuente de Vino”. En un muro de la Bodega hay un grifo de donde sale vino tinto y los peregrinos son bienvenidos a llenar sus botellas sin ningún costo.
Turbinas de viento

Iglesia Templaria
Fuente de Vino en Bodegas Irache

Me es difícil explicar cómo es posible que caminar decenas de kilómetros al día durante ocho o diez horas, sabiendo que al día siguiente me esperará exactamente lo mismo, sea una de las mejores experiencias de mi vida. Pienso que hay algo reconfortante y terapéutico en andar durante tanto tiempo, con un objetivo claro cada día y sabiendo que cada paso me acerca un poco más a mi meta. El medio se convierte en el fin, el camino se vuelve el destino.

Al llegar a Viana había recorrido 169.7 kilómetros y dado 251,745 pasos pero mis pies se encontraban en muy mal estado entre las ampollas y la tendinitis. Si quería terminar el Camino, pero sobre todo disfrutar la aventura, tendría que ser proactivo tomar una decisión de inmediato.


Viana