martes, 17 de febrero de 2015

Tres meses después de mi accidente en los Himalaya

El 16 de Noviembre de 2014, hace prácticamente tres meses, tuve un fuerte accidente al tratar de hacer un despegue en una región remota de los Himalaya en Nepal. Me encontraba en el valle de Rolwaling a unos 5,000 metros de altura acompañado de Tshering Dorjee Sherpa. Estábamos en la ladera de una montaña, cientos de metros sobre una pequeña población y rodeados por enormes picos cubiertos por glaciares.

Lo que recuerdo de este evento es haber preparado mi parapente sobre la ladera, haberme conectado y revisado mi equipo, confirmar que el viento era constante y de una dirección correcta, levantar el parapente, comenzar a correr y… no recuerdo nada más. Algo salió mal y estuve inconsciente alrededor de 10 minutos.


Días antes había volado a Katmandú desde México y tras un par de días finalizando toda la parte burocrática y de permisos, volé junto con Tshering a Lukla. Con él he realizado expediciones al Everest en 2005, Ama Dablam, Island Peak y Lobuche. Desde Lukla, nuestra puerta de entrada a los Himalaya, caminamos varios días a lo largo del valle del Khumbu que en su parte más alta llega a la base del Monte Everest. En Namche tomamos una ruta diferente que nos llevó hacia el Este pasando por Thamo, Thame y Thyangbo. El punto más alto que al alcanzamos fue el paso Tashi Lapcha a 5,755m y empezamos a descender hacia el valle de Rolwaling, que es mucho menos visitado que el Khumbu. Por esta razón es que aún quedan ahí picos oficialmente “vírgenes”, sin ascensos y nuestro objetivo era tratar de escalar el Omi Tso Go, Yalung-ri y Bedding Go. Fue una gran experiencia caminar por los interminables glaciares de Rolwaling durante varios días hasta llegar a una pequeñísima población llamada Na, cerca del medio día del 15 de Noviembre.

Junto con mi equipo llevaba un parapente nuevo, un Alpina 2 de Ozone diseñado para vuelos cross country y hecho de un material muy ligero. La tarde del 15 de Noviembre, tras haber instalado nuestras tiendas de campaña en Na, salí con Tshering a un llano junto a un río para practicar el manejo y control de este nuevo parapente. A demás de tener características muy particulares durante el vuelo, también tiene un desempeño diferente al momento de despegar por ser de un material tan ligero. Por la densidad del aire hay una gran diferencia entre un despegue a nivel del mar y un despegue a más de 5,000 metros de altura. Ahí el aire es la mitad de denso. Durante casi una hora aproveché el buen viento para familiarizarme con el manejo del parapente y satisfecho, empaqué mi equipo.

Recuerdo esa noche como la mejor del viaje, cenando Dal Bhat (arroz con lentejas, el plato tradicional de Nepal) con los porteadores que nos acompañaron durante el camino y que iniciarían en regreso a Namche la madrugada siguiente.

El 16 de Noviembre era nuestro primer día de “descanso” y planeé hacer un vuelo corto en parapente después del desayuno. Cargando la mochila del parapente, caminé junto con Tshering durante casi una hora hasta llegar al punto que había elegido para despegar.


Abrí los ojos con la sensación de haber despertado de un largo sueño. Todo era confusión y no tenía ningún pensamiento claro. Enfrente de mi veía las montañas nevadas y muy lejos y algunas casas de piedra. Estaba recostado sobre mi arnés de vuelo y sentía la cara adormecida. A mi izquierda estaba Tshering tratando de organizar el parapente y las líneas. Le pregunté en inglés “¿Tshering, dónde estamos?” Me contestó: “Na”. El nombre no significaba nada para mi. “¿Qué estamos escalando?” “Escalando no. Volando pero te caíste”. No me hacía sentido lo que me decía. “¿Pero dónde estamos?”. “En Na” y me señalaba hacia las casas. Luego se acercó y empezó a limpiarme la cara que tenía cubierta de sangre. Vi mis lentes completamente destrozados junto a mi y el casco raspado. Una y otra vez le hice las mismas preguntas a Tshering y tras un cuarto de hora comenzaba a comprender que había tenido un accidente al despegar y que había estado inconsciente durante 10 minutos. Yo no tenía ningún recuerdo de eso. Sólo de iniciar a correr para despegar.

Poco a poco empecé a darme cuenta de la magnitud del accidente. Con la cámara del celular vi que tenía dos cortes profundos en la cara. Uno en el párpado inferior del ojo derecho y otro sobre la ceja izquierda. Todo el lado derecho de mi cara estaba raspado fuertemente y las heridas y mi nariz no dejaban de sangrar. Afortunadamente no perdí ningún diente. Tenía un golpe fuerte y una herida en el hombro izquierdo y mi chamarra estaba destrozada en esa zona. En la cara no sentía dolor pero sí me dolía el muslo de la pierna derecha aunque la podía apoyar.

Tshering terminó de guardar el parapente y el arnés en la mochila, se la echó al hombro y comenzamos a caminar muy despacio hacia Na. Hasta entonces me di cuenta de lo afortunado que había sido, ya que había un precipicio de unos 50 metros de altura a menos de diez metros de donde fui a parar. No me quiero imaginar lo que hubiera sucedido de haber tratado de despegar unos metros adelante.

Habremos tardado cerca de una hora en regresar a Na y a nuestras tiendas de campaña. Era alrededor de la 1:30pm. Me consiguió Tshering un espejo y con mi botiquín de primeros auxilios comencé a limpiar mis heridas. El corte del párpado derecho era muy profundo. Mi plan era limpiar las heridas lo mejor posible, cerrarlas con cinta, esperar un par de días en el campamento recuperándome y posteriormente analizar la posibilidad de continuar escalando según lo programado. Pero comencé a sentirme mareado al estar sentado dentro de mi tienda de campaña. Analizando lo que sucedió, el golpe en la cabeza, el haber perdido el conocimiento y estar con mareo a 5,000 metros de altura, me di cuenta que era una mala decisión permanecer aislado en un lugar tan remoto y que sería más conservador regresar a Katmandú lo antes posible y confirmar que no tenía ningún daño mayor en el cráneo o cerebro.

Jiban Ghimire es el dueño de Shangri-la Treks and Expeditions, con él he realizado muchas de las expediciones a los Himalaya y a lo largo de más de diez años hemos llegado a tener una buena amistad. Fue él quien desde Katmandú coordinó que llegara a Na un helicóptero alrededor de las 4:00pm. La alternativa hubiera sido caminar durante varios días por el valle de Rolwaling hasta donde los caminos de terracería permiten la entrada de vehículos 4 x 4.

Una vez aterrizados en Katmandú nos dirigimos al hospital Norvic donde me recibieron de inmediato en la sala de urgencias. Este hospital es de lo mejor de Nepal pero incluso ser atendido ahí se siente como toda una aventura. En la camilla junto a la mía había un niño  que se había caído de un tercer piso, su cuerpo estaba destrozado y no paraba de gritar. Confieso que fue uno de esos momentos extraños en los que se llega a sentir gratitud al compararse con la desdicha de los demás. Tras una evaluación general, me mandaron a sacar una tomografía y una radiografía de tórax. Me sacaron sangre y la mandaron al laboratorio. Afortunadamente en la tomografía no se veían fracturas ni lesiones mayores pero al doctor le preocupaba las cortadas del ojo y de la ceja. Con el mayor cuidado colocó las puntadas mientras yo tenía que mantener el ojo abierto, viendo como pasaba la aguja por el párpado. Dejé el hospital cerca de las once de la noche, más de doce horas después del accidente.

Los siguientes días fueron particularmente incómodos. El músculo de mi muslo derecho estaba muy dañado y deformado. Me costaba trabajo caminar. El párpado del ojo derecho no cerraba por completo y se me secaba el ojo. Empecé a sentir dolor en la cara. Junto con Tshering visité un templo budista en la zona de Boudhanath para hacer una ofrenda por él. Lo había hecho pasar una experiencia angustiante y esa ofrenda era una manera de
corresponderle su extraordinaria ayuda. Luego me llevó con un lama importante para que me soplara en la cara y con eso ayudarme a sanar más pronto.

Cinco días pasé en Katmandú en los que al principio se veían más impactantes las lesiones pero que poco a poco comenzaron a mejorar. El viernes 21 de Noviembre por la noche, según las instrucciones del doctor, regresé al hospital para que me retiraran las suturas. A la mañana siguiente tomé un avión hacia Pokhara el principal sitio de vuelo en Nepal y volví a volar en parapente desde Sarangkot.

El accidente fue sin duda una experiencia dolorosa y que pudo haber terminado mucho peor. Pero conozco los riesgos de las actividades que realizo y trato de minimizar al máximo la parte del riesgo que es “controlable”. Sería muy fácil que después de pasar por una mala experiencia como esta decidiera nunca más volver a volar y que me dominara el miedo. Si comenzara a limitar mi vida de esa manera, cada vez dejaría de hacer más y más cosas que tanta felicidad y satisfacción me dan. Como lo he comentado en repetidas ocasiones, a lo que verdaderamente le tengo miedo es a tener una vida ordinaria, sin retos ni experiencias.

En estos tres meses he volado más de 60 horas, incluso participando en una competencia de parapente en Valle de Bravo. He escalado montañas y cascadas congeladas, y he corrido cerca de 500km entrenando para dos maratones en los que próximamente estaré participando en dos continentes diferentes. Todo apunta a que en unos meses vendrá una nueva expedición de montañismo, un Ironman y una aventura de miles de kilómetros en motocicleta. Más que detenerme, el accidente me sirvió para darme cuenta de lo mucho que aún tengo por hacer y a tratar de hacerlo de la manera más segura posible. Mi mente está llena de sueños y proyectos. Mi vida está mejor que nunca.


jueves, 6 de noviembre de 2014

Viajando a Nepal para escalar "nuevos" picos

Podría parecer que en este siglo XXI nuestro planeta ha sido explorado en su totalidad y que geográficamente la lista de lugares desconocidos se ha reducido al mínimo o incluso ha desaparecido. Con tan solo unos clics podemos encontrar imágenes satelitales de cualquier parte del planeta y trasladarnos decenas de miles de kilómetros hasta lugares remotos e inaccesibles. En el tema del alpinismo, todas las montañas que he escalado hasta hoy ya han sido subidas en varias ocasiones y, aunque todavía hay extraordinarios montañistas que se dedican a abrir nuevas rutas técnicas en picos ya conocidos, en la actualidad son relativamente pocas las montañas que son escaladas por primera ocasión. Los motivos por los que nadie hasta el momento ha subido a esas cimas pueden ser por que el acceso es extremadamente complicado, por la dificultad técnica e incluso por temas burocráticos y religiosos. Por ejemplo, existe una montaña en el sur de Tíbet llamada Monte Kailash que visualmente es de las más bellas que conozco. Es una montaña considerada como sagrada para cuatro religiones diferentes (Hinduismo, Budismo, Bön y Jainismo) y por esa razón no ha sido, ni creo que será escalada.

En primavera de este año, algunas semanas después de la tragedia en el Everest en el que perdieron la vida 16 Sherpas en una avalancha, el gobierno de Nepal anunció que por primera vez daría permiso para escalar 104 picos en los Himalaya que anteriormente no estaban dentro de la lista de montañas permitidas para escalar. El anuncio parecía una forma de invitar a los alpinistas a regresar a Nepal después del accidente. Se publicó una lista con el nombre de los picos y las coordenadas de cada cima y durante el verano me di a la tarea de identificar y documentar a detalle, desde México, cada una de esas montañas utilizando toda la tecnología disponible. Me encontré con varios obstáculos ya que nunca se publicó el DATUM utilizado para establecer las coordenadas de cada pico y varias de las montañas de la lista parecían más bien cimas falsas de otras montañas más grandes y para algunas de las coordenadas simplemente estaban mal.

Tras varias semanas de trabajo inicié el análisis de cuales eran las más factibles de intentar ascender al final del otoño o principios del invierno, desde el punto de vista logístico, y reduje mi búsqueda a tres zonas dentro de Nepal: Kanchenjunga, Rolwaling y Khumbu. Pero ya entrando en contacto con la División de Montañismo del Ministerio de Cultura, Turismo y Aviación Civil de Nepal me apareció una terrible barrera burocrática. Resulta que los picos menores de 6,500 metros de altura están clasificados como picos de “trekking” (usan ese nombre sin importar el grado de dificultad técnica de la cima). Por otro lado, las montañas de más de 6,500 metros son consideradas como picos de “montañismo” ¡Como una referencia, el imponente Alpamayo en Perú con 5,947 metros sería clasificado como un pico de “trekking” en Nepal!

El principal problema de esta clasificación tan simplista surge con los requisitos para subir un pico de “montañismo”. Arriba de 6,500 metros es obligatorio que un agente del gobierno de Nepal conocido como Liaison Officer participe en la expedición. Estos agentes por lo general se quedan en Katmandú, nunca se acercan a la montaña y cuando lo llegan a hacer, fingen tener dolor de cabeza y abandonan a los dos o tres días. El costo aproximado para un montañista por estar obligado a participar en esta farsa: ¡$3,000 dólares por agente! Como referencia, el costo del permiso para escalar una montaña de más de 6,500 metros: $750 dólares. Considerando que el sueldo promedio anual de un hogar en Nepal es de menos de $2,000 dólares es claro ver que el sistema de Liaison Officers funciona para perpetuar un sistema burocrático en el que los puestos son vendidos y el dinero repartido entre los políticos. El pueblo nunca ve un centavo.

El gran absurdo es que de los 104 picos hay varios de más de 6,500 metros que se pueden escalar como grupo, uno tras otro y con un solo campamento base, y los ascensos a cada cima podrían realizarse en un solo día de escalda. Según las reglas, no importa si el ascenso a un pico dura un día o 60 días, se debe de pagar al agente. Pensando en cuatro picos que se podrían escalar en 4 días seguidos, habría que pagar $12,000 dólares ($3,000 x 4 montañas) únicamente para los agentes del gobierno, más el costo de los permisos, más el costo de la expedición. Lamentablemente, por esta razón me vi forzado a considerar únicamente montañas de menos de 6,500 metros.

Escribo estas líneas desde Tokio, viajando hacia Nepal donde en las próximas semanas intentaré algunos primeros ascensos a varios de esos 104 picos vírgenes de los Himalaya. También estaré realizando algunos vuelos en parapente en la región del Annapurna. El plan es escalar únicamente con un amigo Sherpa como compañero de escalada (nunca como porteador) para hacer una expedición rápida y segura. Me emociona pensar que en algunos días pudiera estar escalando y llegando a cimas que nunca antes han sido pisadas. Pero me emociona aún más el tener nuevas metas adelante y hacer todo lo posible por alcanzarlas.


En los próximos días estaré compartiendo por aquí más detalles de mis planes.

Katmandú

miércoles, 22 de octubre de 2014

Escalando y volando en parapente por Europa (Agosto-Septiembre 2014)

Cuando pienso en los Alpes me vienen a la mente las grandes historias de los pioneros del montañismo. El Mont Blanc fue ascendido por primera vez en 1786, el Matterhorn en 1865 y la pared Norte del Eiger en 1938. Tuve oportunidad de escalar ahí varios picos en el 2005 y desde entonces mis proyectos de montaña se habían concentrado principalmente en Asia. Sin embargo, no dejaba de sentir una fuerte atracción por esa cordillera que atraviesa ocho países a lo largo de cerca de 1,200 kilómetros.

Hace más de 6 años comencé a volar en parapente, considerándolo como una manera más segura y divertida de descender de las montañas. Fue hasta que entré al mundo de parapente que escuché por primera vez de una clase de competencias conocida como Hike & Fly (literalmente se traduce en español como “Excursión a pie y volar”). En estas competencias los participantes tienen que realizar un recorrido de un punto a otro ya sea volando o caminando/corriendo, pero siempre cargando el parapente dentro de una mochila cuando no se esté en vuelo. Los eventos tienen diferentes distancias que van desde decenas de kilómetros hasta cientos de ellos. La estrategia consiste en subir caminando o corriendo en las montañas hasta zonas de despegue establecidas o improvisadas, volar lo más posible en dirección a la meta y al no poder mantener el vuelo, aterrizar para volver a escalar otra montaña que permita hacer un despegue. En algunos eventos se tienen periodos de descanso obligatorios pero en muchos de ellos los participantes pueden estar en movimiento las 24 horas del día. La duración varía desde un solo día, hasta varias semanas. Sin duda, la competencia hike & fly más reconocida y a la vez más dura del planeta es el Red Bull X-Alps que inicia en Salzburgo, en Austria y recorre más de 1,000 kilómetros sobre los picos más importantes de los Alpes hasta terminar en Monte Carlo, Mónaco. Se lleva a cabo cada dos años (la próxima será en 2015) y tan solo una fracción de los participantes que inicia logra cruzar la meta.

Conforme ha mejorado el diseño y desempeño de los parapentes modernos, los competidores que participan en el Red Bull X-Alps y alcanzan a llegar a la meta son los pilotos que logran desplazarse mejor durante el vuelo. Generalmente son los pilotos que tienen un mayor conocimiento de las condiciones locales de vuelo de los Alpes. No habiendo tenido la oportunidad de volar en esa cordillera, hace meses comencé a imaginar un viaje como ningún otro hasta ese momento: recorrer la parte central de los Alpes iniciando en Francia, escalando algunos picos importantes de más de 4,000 metros de altura y haciendo vuelos en parapente en zonas de vuelo de tres países distintos. Me desplazaría de un lugar a otro en una camioneta camper en donde también dormiría sitios de campamento. Quería tener una conocimiento, por muy básico que este fuera, de las diferentes condiciones de vuelo entre los picos de Europa y las zonas de vuelo que estoy acostumbrado en América y Asia, y una noción de los microclimas que ahí se forman.

Tras algunos meses planeando el viaje, dejé México a mediados de Agosto de 2014 y llegué  a Lyon en el Este de Francia. Con tres enormes maletas que contenían mi equipo de escalar, el parapente y una pequeña bicicleta plegable, llegué a las oficinas de la compañía de alquiler de campers a las afueras de la ciudad. El vehículo que me asignaron parecía un pequeñísimo departamento con una cama, baño/regadera, cocineta, refrigerador y mesa. De inmediato encontré parecidos con un velero y me vinieron a la mente recuerdos de mis días en el mar. Comprendo bien el francés y me expreso razonablemente bien en ese idioma pero, nunca antes habiendo utilizado un camper de este tipo, me llevó una hora y media entender las explicaciones de cómo funcionaba el sistema eléctrico, dónde cargar los tanques de agua potable, cómo descargar el tanque de agua gris, cómo cambiar el tanque de gas, etc. Con las maletas cargadas, encendí el motor y comencé la travesía.
Chamonix

Despegue en Pranplaz
Mi primera parada fue Chamonix cerca de la frontera entre Francia, Italia y Suiza donde se encuentra el grandioso Mont Blanc. No es la montaña más alta de Europa, ese honor lo tiene el Monte Elbruz que escalé hace una década, pero sí es el pico más alto de los Alpes. Chamonix también es el lugar donde nació el vuelo en parapente a finales de la década de 1970. Ahí pasé tres noches en el Camping de l'Ile des Barrats que atienden Valérie y Emmanuel Yout, una pareja muy agradable. Durante el día hice varios vuelos desde el despegue de Pranplaz que se encuentra sobre el valle de Chamonix pero del lado opuesto al Mont Blanc. No está permitido despegar sobre el Mont Blanc durante Julio y Agosto por la gran cantidad de vuelos de rescate en helicóptero que se hacen durante esa temporada y a  pesar de eso, los vuelos sobre Pranplaz fueron extraordinarios, haciendo vuelos de distancia que iniciaban sobre Aguilles Rouges. Subía al despegue en el teleférico, volaba durante toda la mañana hasta que lentamente llegaban las nubes después del medio día y comenzaba una ligera lluvia. Por las tardes leía, iba de compras al supermercado en mi bicicleta, me preparaba algo sencillo de cenar, trabajaba durante algunas horas desde mi computadora y me dormía.
 
Valle de Chamonix
Tras varios días de esta rutina llegó el momento de escalar. Con mi mochila preparada en la tarde anterior, dejé el camping el 22 de Agosto y tomé un autobús a Les Houches, luego un teleférico a Bellevue y un pequeño tren de cremallera hasta Nid d´Aigle. Caminé de subida por un estrecho camino rocoso hasta el refugio Tête Rousse y de ahí escalé por una empinada arista de piedra hasta el refugio Goûter. Este refugio fue recientemente construido, reemplazando a una vieja construcción de madera. Fue edificado sobre un acantilado y tiene forma de “huevo” que le permite ser aerodinámico y resistir vientos de hasta 300km/h. La limpieza y organización del refugio es asombrosa.
 
Refugio
En la cima del Mont Blanc
Tras una cena vegetariana me fui a descansar unas horas al dormitorio que me asignaron. A las dos de la mañana en punto comenzó a despertar la gente en el refugio para desayunar algo ligero e iniciar el ascenso. Entre el refugio y la cima hay 1,000 metros de desnivel y hay que cruzar enormes glaciares. Justo al amanecer, tras haber escalado solo toda la noche y con bastante viento, alcancé la cima del punto más alto de los Alpes (4,810 m). El descenso se me hizo largo y pesado, teniendo que regresar al refugio Goûter, a Tête Rousse, Nid d´Aigle, Bellevue, Les Houches y finalmente Chamonix. Esa noche festejé cenando comida Hindú.

Continué mi viaje hacia el Este cruzando la frontera con Suiza hacia Grindelwald y escalando el Mönch (4,107 m). Me hubiera gustado escalar el Eiger por la arista Mitteleg
Mönch
i o la arista sur pero con tanta precipitación en el verano, la montaña tenía demasiada nieve como para hacer un ascenso seguro. Perdí todo un día por el mal clima y me dediqué a lavar ropa en el camping Gletscherdorf. Pero la mañana siguiente, con un cielo azul, me dirigí a Interlaken en donde hice vuelos desde Niedelhorn y Amisbühl. Interlaken en español quiere decir “entre lagos” y la vista que tuve durante los vuelos fue inigualable: campos verdes, lagos color esmeralda, enormes picos nevados, y pequeños chalets de madera por las laderas.
 
Lago Thun, Interlaken
A la mañana siguiente volví a empacar todas mis cosas, me dirigí al Este y crucé hacia Austria. Ahí me dirigí al Sur, por el valle de Zillertal para hacer varios vuelos en la región del Tirol. El campamento se encontraba en Mayerhofen, un pequeño pueblo famoso por el esquí durante el invierno pero también muy turístico durante el verano. En los teleféricos subí en repetidas ocasiones hasta el despegue de Penken y volví a disfrutar de las vistas que parecían sacadas de un cuento.

Matterhorn
Tras un par de días en Mayerhofen llegué a Salzburgo en donde pasé a conocer a Christoph Weber, el director del Red Bull X-Alps. Durante algunas horas platicamos sobre la competencia y sobre el proceso de selección de los atletas. Llegó el momento de comenzar el regreso hacia Francia no sin antes parar en Zermatt, el mágico pueblo Suizo a los pies del Matterhorn. Ahí, desde el moderno refugio de Monte Rosa, realicé el ascenso al Dufourspitze (4,634 m), que es la segunda montaña más alta de los Alpes.
 
Arista del Dufourspitze
La última parada del viaje fue nuevamente Chamonix. Ya siendo Septiembre, no habían restricciones de vuelo del lado del Mont Blanc y sobrevolé los imponentes glaciares de esta enorme montaña.
 
Glaciar
Esta aventura por los Alpes europeos fue aún más intensa que las que estoy acostumbrado a hacer. En tan solo 20 días recorrí 2,400 km manejando por cuatro países, escale tres de los picos más altos del continente y realicé 18 vuelos en parapente recorriendo más de 350km. Podría pensarse que viviendo de una manera tan precipitada no me da tiempo de parar y de disfrutar muchas cosas durante el camino. Pero hay unas palabras de Henry David Thoreau en su libro Walden que sigo como un mantra: “Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentar sólo los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar, no sea que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido.” Me queda muy claro que el tiempo que tenemos es prestado y trato de aprovecharlo al máximo. 

martes, 19 de agosto de 2014

Camino de Santiago (Tercera parte)



Mi mochila, con su vieira
Mi llegada a Viana durante el Camino de Santiago fue un asunto doloroso, literalmente. Entre tendinitis y ampollas en los pies, caminaba con mucha dificultad y estaba recorriendo en promedio 8 kilómetros al día menos de mi objetivo de 50. Tomé tres decisiones. La primera fue hospedarme en un pequeño hotel en vez de un albergue para descansar mis pies y meterlos en una tina con agua helada y hielos. La segunda fue que en vez de andar los más de 800km del Camino en tan sólo 15 días, me tomaría cinco días más, recorriendo una distancia menor hasta recuperarme. Y por último, decidí revisar completamente el contenido de mi mochila y enviar por correo a México todo lo que no fuera verdaderamente indispensable. Fueron casi 5kg de peso que bajó la mochila cuando saqué mi cámara, un pequeño tripié, pantalones de mezclilla, camisa, tenis de montaña (me quedé únicamente con mis tenis de correr y sandalias) y un iPad. Qué distinta era mi idea de las cosas “esenciales” una vez que las había tenido que cargar durante varios días.

Viñedos en La Rioja
Continué mi marcha con mucho mejor ánimo y procurando cuidar mis pies tomando descansos periódicos. Navarra dio paso a La Rioja y caminar entre los viñedos se volvió parte de la atmósfera mágica de mi recorrido. En Abril en el norte de España, la vid aparenta ser un pequeño tronco grueso y seco con pocas ramas torcidas, que sale de una tierra aún más seca, agrietada y rojiza. Es difícil imaginar que en tan solo unos meses esas varas estarán completamente cubiertas de hojas verdes y racimos de uvas de donde saldrán los mejores vinos del mundo.

Catedral de Burgos
Con el pasar de los días se recuperaban mis pies y junto con ellos mi confianza. Varias veces al día me encontraba atravesando pequeños poblados que parecían abandonados. Las pequeñas villas como Belorado, Terradillo de los Templarios y Hermanillos de la Calzadilla tenían más de la mitad de sus edificios vacíos y los pobladores son generalmente personas mayores que se reúnen por las tardes en el bar del pueblo para ver el futbol y jugar cartas. En pocos años se convertirán en pueblos fantasmas. Por otro lado, en las grandes ciudades como Logroño, Burgos, León y Ponferrada, e incluso en otras más pequeñas como Palas de Rei y Astorga era reconfortante observar movimiento y gente joven que le inyecta energía y vida a esas viejas urbes.

O'Cebreiro
De La Rioja pasé a Castilla y León, caminando por la enorme meseta y teniendo a la vista durante varios días la cordillera nevada de Picos de Europa. Mientras caminaba, me imaginaba regresando algún día para escalarlos y a hacer vuelos en parapente. Así me distraía durante las horas de marcha y seguía disfrutando las tardes, cuando generalmente tenía las sendas para mi solo. Todos los días registraba mi progreso en los mapas y contaba los kilómetros que me faltaban por caminar hasta Santiago de Compostela, pero no fue sino hasta que llegué al pueblo mágico de O’Cebreiro en Galicia que sentí que el fin del Camino estaba cerca. Esta pequeña villa tiene una sola calle con edificios de piedra y algunas construcciones todavía con techo de paja, pero tiene una historia repleta de leyendas de principios de la edad media. También por ahí estuvieron los Reyes Católicos en su recorrido por el Camino de Santiago y les sucediera un “milagro” relacionado con el Santo Grial. En la noche, la luna llena y la niebla le dieron al pueblo un toque surrealista. Estaba consciente de que en pocos días terminaría esta gran travesía y al acercarme a mi destino aumentaba mi sensación de bienestar.

19 días después de que comencé a caminar en Francia llegué a
Amanecer del último día
Santiago de Compostela. Antes del amanecer de ese último día dejé la posada en Pedrouzo y todavía en la oscuridad seguí la vereda por el bosque junto con otros peregrinos. Me emocionaba saber que tan solo 20 kilómetros me separaban de la culminación de mi viaje. Salió el sol, me paré a tomar un café para sacudirme el frío de la mañana y reanudé mi marcha. En las afueras de Santiago de Compostela hay un cerro llamado Monte de Gozo en donde los peregrinos ven por primera vez la ciudad de Santiago y las torres de la catedral a la distancia. Más que gozo sentí que era inevitable el final de esta aventura y me apresuré a bajar hacia la ciudad.

Los edificios relativamente modernos de los suburbios se convirtieron en construcciones cada vez más viejas y las calles se volvieron más angostas. Pero de pronto el callejón por el que avanzaba desembocó en la Plaza del Obradoiro, el corazón de Santiago de Compostela rodeada en sus cuatro lados por la famosa Catedral, el Hospital Real, el Palacio de Rajoy y el Colegio de San Jerónimo. Mi camino de 800 kilómetros había terminado. Pero el Camino me tenía una última sorpresa para convertir mi llegada en algo inolvidable. Al visitar la Catedral se celebraba la misa diaria para los peregrinos a las 12:00pm en la que pocas veces al año hace su aparición el Botafumeiro pero por alguna razón que nunca conocí, ese lunes me tocó vivirlo. Es un enorme incensario que cuelga de un sistema de poleas y palancas desde
Botafumeiro
la cúpula de la catedral. Un grupo de ayudantes va tirando del otro extremo de la cuerda para que el botafumeiro comience a moverse de lado a lado como péndulo, cada vez con más velocidad hasta terminar recorriendo un arco de unos 100 metros en pocos segundos. Es un espectáculo que hay que presenciar para poder entender lo asombroso que es. Por último, en la oficina de atención al peregrino me entregaron un certificado al que llaman Compostela y un voluntario escribió mi nombre en la lista de peregrinos. Quedaré ahí como una estadística que con los años se volverá irrelevante. Lo valioso fue vivir mi propio Camino de Santiago.